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Cuidado con los dogmáticos

La moderación y el pactismo no arrastran votos; les falta espectáculo y morbo

Wifredo Espina

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En tiempos de vacas flacas proliferen los dogmáticos. Los milagreros. Con algo hay que llenar la boca del hambre y los ánimos faltos de esperanza. En todos los terrenos. En el religioso es ya de sobras conocido y tradicional. Se promete el paraíso, pero a largo plazo. En el político, para hoy o mañana mismo. Siempre con rotundidad, con palabras altisonantes, que pretenden ser convincentes.

No pocos políticos, en estos tiempos de confusión, se convierten en predicadores de la ‘buena nueva’. Se suben a sus púlpitos, engolan sus palabras y empiezan a machacar dogmas a quienes, más hambrientos de hechos, están dispuestos, momentáneamente, a saciarse con frases huecas que no llevan a ninguna parte.

Y así nos va la política. La vieja y la nueva. La de derechas y la de izquierdas. La nacionalista del centro y la de la periferia. Llámense sus protagonistas más visibles Pablo Iglesias, Oriol Junqueras, Ada Colau, Joan Tardà o Anna Gabriel, como algunos ejemplos de la izquierda. En la derecha, con sus nacionalismos: José María Aznar, Mariano Rajoy, Artur Mas, Carles Puigdemont o Carme Forcadell. Los dogmas –por inspiración divina populista, radical-democrática o legalista– sustituyen a las realidades contrastadas. Las doctrinas desgastadas y vacías pretenden olvidar la política de la buena gestión, que debiera ser creadora de riqueza y de su justa distribución.

Los dogmatismos floreados y sonoros movilizan las masas, ja sea para bien o para mal. La buena gestión para todos, socialmente más práctica y confortable, en tiempos críticos y convulsos, de predominio de la verborrea sobre el sentido común, la moderación y el pactismo, no arrastra votos; le falta espectáculo y morbo.

Por esto las televisiones, las radios y la prensa –de la mano de los políticos verbalmente más diarreicos– se llenan de discursos dogmáticos sin inspiración del santo espíritu. Es el espectáculo sustituyendo el razonamiento. Lo fácil de seguir, de retener y de repetir en eslóganes bien pagados con el dinero de todos. Y de divulgar en las masas desengañadas o radicalizadas, incapaces de analizar y discernir serenamente.

Entonces, se vota lo que se vota. Y sale lo que sale, como hemos visto. El pueblo atribulado también se equivoca.

Se acercan nuevas elecciones... ¡Tengan cuidado con los políticos dogmáticos de toda índole!

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