Cumbre climática. ¡Ay!

ÁLEX SALDAÑA

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Cumbre climática. ¡Ay!

Cumbre climática. ¡Ay!

Me van a perdonar el pesimismo, pero soy de los que creen que las cumbres del clima como la que acaban de protagonizar los mandatarios mundiales en Glasgow sirven para más bien poco.

Primero, por las significativas ausencias –Rusia, China, Brasil, India…– que evidencian que hay potencias muy contaminantes que piensan que la cosa no va con ellas; luego, porque las decisiones que se toman allí no son vinculantes, por lo que todo se reduce a una cuestión de buenas intenciones; y después, porque estas buenas intenciones, en el caso de haberlas, que a veces es mucho suponer, chocan con la realidad, especialista en demostrar la hipocresía que se esconde tras grandilocuentes discursos hechos para la galería. Tenemos un ejemplo en el premier británico, Boris Johnson, quien, como anfitrión, dio la conferencia inaugural, repleta de alarmas: «Hay que dejar atrás las charlas y los debates y pasar a la acción en el mundo real.

No más esperanzas, objetivos y aspiraciones, por valiosos que sean, sino compromisos claros y calendarios concretos. Si no, todas las promesas no serán más que bla, bla, bla...». Bien, pues acabó su conferencia y se montó en un jet privado muy contaminante... ¡para acudir a una cena con amigos en un club privado exclusivo! Sí, quizá sea una anécdota, pero es que la lucha contra el cambio climático y la vida en general al final son cuestión de detalles. Vamos a ver, señores, ¿de verdad creen que resultan creíbles? ¿Con qué moral piden a la población sacrificios mientras ellos viven en una realidad paralela? Pues eso, que me temo que la cumbre no tendrá una gran utilidad… Lamentablemente.

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