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Cupo de inmigrantes

Donde comen dos pueden comer tres, pero si llegan cientos ayunan todos
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Se ha comprobado que aquí no caben todos los que quieren venir, porque se producen aglomeraciones. La Comisión Europea se ha visto obligada a legislar la virtud de la hospitalidad y fijar cuotas de refugiados. Según ese terrible plan, a España le correspondería, en más o menos justa correspondencia, acoger a un 9,1% de los que piden asilo, cifra que supondría unos 60.000 huéspedes, más o menos, pero siempre algo más que menos. Alemania respalda el proyecto, pero no debe limitar nuestra generosidad. España y nosotros somos así, señora Merkel. Los naufragios en el Mediterráneo, que se ha convertido en un cementerio marino, han impulsado a Bruselas a legislar la misericordia soportable y nuestra zarandeada nación debe admitir a un tanto por ciento de refugiados.

Donde comen dos pueden comer tres, pero si llegan centenares tienen que ayunar todos, incluso los anfitriones. ¿Cómo nos las arreglamos para cumplir con las reglas? Las banderas no pueden convertirse en manteles y el problema es que hay más comensales que comida.

El sistema de cuotas está siendo tan discutido como el menú en esas comidas entre amigos, que según el doctor Marañón, poco dado a la glotonería, constituyen una de las cosas más agradables que nos depara esta vida transitoria. ¿Cuántos caben aquí sin empujar a los nativos, que muchos andan también a codazos? Según nuestro laborioso ministro de Exteriores, el peso hospitalario que estamos soportando es muy superior al de otros países proporcionalmente. No se le puede exigir a una nación desmantelada por el independentismo que cada palo aguante su vela.

Los flujos de extranjeros se repartirán «de manera obligatoria y automática» cuando haya una afluencia masiva. Esa es la ley, una vez fracasado el intento de considerar a todos como hermanos, sin banderas ni pasaportes, ni Cristo que nos fundó. Los sirios y los afganos son bien recibidos. En cambio, los serbios son rechazados en un 98% de los casos.

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