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De Hiroshima a Villar de Cañas

Lo nuclear nos puede matar y sin embargo lo necesitamos para vivir
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Supongo que media humanidad habrá alucinado con la cruel paradoja de que precisamente en el 70º aniversario de las bombas de Hiroshima y Nagasaki el Gobierno de Japón haya decidido arrancar el primer reactor nuclear después de dos años parados por la tragedia de Fukushima. Pero no revela otra cosa que algo que ya sabemos desde hace tiempo, lo nuclear nos puede matar y, sin embargo, lo necesitamos para vivir. Mientras no encontremos otra fuente de energía de similar potencia para sumar a los combustibles fósiles que machacan además el planeta con CO2 y son la causa principal del calentamiento, estaremos condenados a convivir con la paradoja nuclear.

Hubo un tiempo en que la opinión pública aceptó de buen grado el discurso de ‘Átomos para la paz’ impulsado por el Gobierno de Estados Unidos para compensar el pánico nuclear que se extendía por el mundo con el recuerdo de las bombas atómicas de Japón y la carrera nuclear que se desencadenó en la Guerra Fría. Y, es cierto, que aquel mensaje enviado por el presidente Eisenhower sobre las aplicaciones pacíficas y civiles de la energía nuclear en la agricultura, la medicina y la energía estaba bien encaminado y en buena parte de materializaron en la vida real.

Sin embargo, las catástrofes de las centrales de Three Mile Island, Chernobil y Fukushima pusieron el contrapunto y las sombras a aquel mundo limpio, seguro y barato de la energía del átomo que nos prometieron. Supimos traumáticamente que de gratis nada, que seguro, sí, pero menos, y que limpio, limpio, tampoco. Así que encender la calefacción, la cocina, el ‘frigo’, con electricidad proveniente de la combustión nuclear tiene sus costes y aquí nada es gratis. Construir las centrales cuesta un potosí, la seguridad es alta pero no al cien por cien y la combustión deja residuos que hay que enterrar porque son muy radiactivos y tienen larga vida. Alguien tiene que pagar la factura.

Y así llegamos a un pueblecito de Cuenca de 479 habitantes que se había hecho ilusiones de salir de pobre dejando que en sus 70 kilómetros cuadrados de término municipal el Gobierno construya un ATC (Almacén Transitorio Centralizado) para depositar residuos radiactivos. En lenguaje ecotremendista: cementerio nuclear. Yo no se si los ‘ecolos’ fundamentalistas no se duchan, no cocinan, leen con velas, porque ya me gustaría saber si su estilo es consecuente con el discurso oficial. Pero eso dicen. Estaban los de Villar de Cañas tan contentos con su futuro ATC cuando la política ha entrado a saco en su pueblo y ahora dicen las autoridades de la capital que se van a cambiar los millones de inversión por más grullas. No importa que Cuenca esté muy cerquita de dos centrales nucleares (Trillo y Cofrentes), que el referéndum en la localidad dejase las cosas claras y que fuera un gobierno socialista quien aprobó la elección del pueblo. ¡Es tan fácil manipular políticamente todo lo que huele a nuclear!

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