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De Marte a Venus

Según el borrador de ley para la equiparación de las personas LGTBI, cualquier persona podrá acudir al registro civil y cambiar de sexo sin necesidad de que la solicitud de rectificación vaya acompañada del dictamen de un psicólogo 

Juan Ballester

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Cuando nació nuestro hijo no lo inscribimos en el registro Civil y nos exigieron para regularizarlo un certificado médico conforme se trataba de un varón. Nuestro amigo Paco, el forense, nos hizo quitarle el pañal a pesar de que iba vestido de azul. Pues ahora, como veremos, para inscribirse como hombre o mujer no hará falta ni serlo, ni parecerlo.

Por delante vaya mi respeto por los transexuales existiendo restos funerarios que confirman su existencia al menos desde la Edad de Cobre. Su viaje de Marte a Venus, o viceversa, está revestido de un gran sufrimiento personal y un autentico calvario social. Muchos no lo terminan por suicidio, asesinato, enfermedades de transmisión sexual o cirugías poco fiables, su esperanza de vida no alcanza los cincuenta años. Pero quienes completan la odisea dicen encontrar una fuerza interior y una libertad negada a los hombres y mujeres corrientes.

Hasta bien reciente, los transexuales eran rechazados por machistas, feministas, lesbianas y gais. Ahora un borrador de ley del ministerio de Igualdad busca conseguir la equiparación real y efectiva de las personas LGTBI. Pero podemos cuestionar si se trata de un cariño real pues con la redacción impulsada por Podemos, cualquier persona podrá acudir al registro civil y cambiar de sexo.

Y, esta es la gran novedad, sin necesidad de que la solicitud de rectificación vaya acompañada del dictamen de un psicólogo conforme al cual padeces disforia de género, o verdadera angustia por el cuerpo recibido en suerte.

Hay quien teme que empiecen a aparecer pelos en las piernas de cualquier competición deportiva femenina pues la ley también prevé que la participación será decidida con el nuevo sexo registral y sin que se puedan realizar verificaciones (niveles hormonales). Fallon Fox era un marine y camionero de Ohio inscrito en la MMA y le propinó tal paliza a una luchadora llamada Tamikka Brent que le rompió el cráneo.

El borrador también establece que ingresarás en la cárcel de hombres o mujeres según el sexo registral salvo que exista peligro físico «para la salud del reo» como le sucedió a Cristina, la Veneno. Pero debería decir «o de los otros condenados» a la vista del caso de Stephen Wood que violó a tres mujeres siendo hombre y, tras convertirse en Karen White, ingresó en una cárcel de mujeres donde agredió sexualmente a dos reclusas más.

La nueva ley recoge el sexo registral, la inscripción será constitutiva (artículo 14) y se impondrá sobre el genético, gonadal, hormonal, anatómico y genital. Niega que el sexo como realidad biológica, sea una categoría jurídica. De hecho, podremos elegir ser un hombre, una mujer o un armario empotrado porque también puede quedar en blanco la casilla.

Si la autodeterminación de género va a tratarse de una elección abstracta que no necesita jurídicamente la existencia de una causa, me hubiera hecho legalmente mujer para librarme de la mili, el ritual de paso donde los travestis que no se pegaban un tiro en la garita, regresaban a sus pueblos como auténticas reinas.

Con la mascarilla ha bajado mucho el consumo de pintalabios y ha subido el rímel, pero no será necesario sombrearse los ojos ni siquiera quizá ponerse un nombre de mujer si te sientes más cómodo con el tuyo. Un chaval sin recursos podrá estudiar una carrera universitaria subvencionada al 100% para las mujeres. No habrá necesidad de afeitarse, aflautarse la voz, travestirse, extraerse por cirugía la nuez de Adán ni mucho menos los genitales.

Si cambiar de sexo se generaliza, incluso como una moda o filosofía de vida, deberemos buscar nuevos códigos para identificar los sustantivos masculino y femenino, sabiendo que la novia puede ser quien espera con el frac en el altar y el novio el de blanco con la cola. O que la princesa Sofía se ha hecho príncipe para arrebatarle el trono a su hermana Leonor.

Me ha preguntado mi mujer sobre qué estoy escribiendo y le he explicado que, si voy al registro Civil por la mañana, por la noche puede recostarse en el sofá y hacerse con el mando de la tele. Podríamos ser solo amigas, pero lo ideal sería intercambiar los sexos por periodos de tiempo conforme a la doctrina del género fluido. Una forma de evolución personal que rompe el tabú de cambiar los roles y nos lleve a una nueva fase de comprensión al otro.

Las feministas tradicionales andan más preocupadas porque no salga perjudicada la imagen de mujer que de los transexuales. La ley desdibuja completamente los conceptos (binarios) de hombre y mujer. Las categorías quedan disueltas en una amalgama de orientaciones sexuales LGTBI y comportamientos de género no binarios (cross dressers, drag queens, drag kings, o gender queer…), fenómenos modernos con apenas un par de siglos de historia.

Los transexuales saben bien qué es un hombre y una mujer, aunque regresar a su patria sea peligroso. En la prehistoria vivían condenados a la soledad, se rajaban los muslos con un pedernal, durante nueve lunas colocaban follaje debajo de su vestidura, defecaban en posición obstétrica y, después, lloraban amargamente al mortinato. Son mágicos, -la ciencia no es capaz de explicarlos-, escasos -apenas representan el 0,01 de la población- y merecían una ley que no los metiera en el mismo saco que a quienes no hemos realizado el viaje de casi cien millones de kilómetros.

Juan Ballester: Escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

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