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De cafeterías y baretos

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El otro día tuve que ir al bar de un polígono a tomarme un cortado, a enchufarme desarraigo ante lo que se nos ha venido encima. Últimamente la ciudad se ha puesto perdida de cafeterías y panaderías y granjas, esos lugares acogedores, blancos y amables donde uno puede comprar el pan, un cuarto de croissants y tomarse un café, aunque también podría meterse un ron con cola, porque la materia prima está, quizás como recuerdo antropológico de lo que en el imaginario colectivo fue una vez un bar. Estas cafeterías mixtas (se nos amontonan) le dan a las calles un aire más o menos detestable a convencionalidad y zona residencial. Me intriga que críen panaderías como ‘chiqui parks’ del café, y me congratula la opinión de un amigo, que el otro día andaba mohíno por que le llevaron a un sitio así. Él no pedía ir a un after a insuflarse un gin, sino tomarse, para amenizar la conversación, un cafelazo en un bar bar, un bar de los de toda la vida, un bareto con su tragaperras, sus gritos, su tele altísima, su charla airada, su individuo liante, borracho o a punto de estarlo. Es sólo una cuestión de principios, igual que no pagar por mear o huir del poleo menta. No digo que no existan, pero sí que no sustituyan al bar. Ir a una granja, en esos usos, es cuestión de comodidad y conservadurismo: uno sabe qué habrá. Adentrarse en un bar de infantería tiene algo de incógnita, de ruleta rusa, de Camel Trophy de la condición humana, quizás porque algunas decepciones fueron terribles. Mi propósito será ir más a bares, no con intención etílica sino de reconciliación con el entorno, como hecho cultural, para celebrar ese patrimonio.

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