De lechuzas y ruiseñores. Si nos levantamos pronto, dormiremos menos

Eliminemos la tiranía moral de los madrugadores. No es más virtuoso ni más trabajador ni más sano ni más nada quien se despierta antes, sino quien más valor consigue crear para los demás sea la hora que sea

Lluís Amiguet

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Ya me estoy preparando -ustedes deberían- para el cambio horario del domingo y, como cada año, me acordaré de Franco, Hitler y el abrazo de Hendaya. Y es que nuestro huso horario, tan denostado por tantos moralistas locales, pero tan envidiado por otros europeos que pasan las primeras horas de su jornada a oscuras, fue un detalle que el generalísimo quiso tener con el entonces triunfante Führer.

Recordemos que en 1940, Franco cambió de un decretazo el horario español, hasta entonces GMT+1, y nos colocó en la misma hora GMT+2 que Berlín para que el líder nazi no tuviera que ajustar su reloj para la visita. Y en los últimos 81 años a nadie se le ha ocurrido recuperar el horario anterior. Porque lo cierto es que nos permite tener más horas de luz que antaño.

Escojan sus horarios en la medida en que puedan y permitan a quienes dependan de ustedes que hagan lo mismo

No les negaré que en general aquí dormimos menos que en el resto del planeta -cuarenta minutos menos que la media de los europeos-, porque España, y Catalunya no se diferencia en eso, se despierta tarde, por lo que es difícil encontrar bares abiertos a las cinco de la mañana, horario de plena actividad en el resto de Europa. Y en cambio a las nueve de la mañana aún se aprecian caras de pasmo adormecido por doquier.

De espíritu, sin embargo, seguimos siendo somos una sociedad rural, que gusta de copiar el ritmo solar de las gallinas e iguala la virtud con irse pronto a la cama -como si no pudiéramos pecar a mediodía- y levantarse antes que el sol. Es un error, porque esa presunción higiénica, que Josep Guardiola, cuando era líder moral de Occidente además de futbolero, consideraba tan de país, recuerden: «Si ens aixequem ben d’hora…» carece de fundamento biomédico. 

«Si ens aixequem ben d’hora… Dormiremos menos». Eso es lo único seguro, porque la ciencia ha concluido al respecto, como en casi todo, que «depende». Depende de los biorritmos de cada uno. Los hay que son lechuzas y sólo se despiertan de verdad después de las diez o incluso las once de la mañana; y los hay ruiseñores que cierran la persiana a menudo antes de las once de la noche.

Saludo la libertad de miras horarias con que nos ha obsequiado el trabajo a distancia de la pandemia

Y también depende de la edad. La Asociación de Pediatras Americanos, por ejemplo, recomienda no empezar las clases a los niños de hasta 16 años antes de las ocho y media de la mñana y sugiere que después de las nueve los niños mejoran su rendimiento.

A mí en cambio, me obligan a despertar a mi hija mayor a las seis y media para que esté en clase a las ocho en punto, angelita, cuando su padre -perdóname Guárdiola: no sóc un bon català- se ha vuelto a meter entre sábanas para recuperar aunque sea veinte minutitos de delicioso duermevela.

Aquí dormimos menos que en el resto del planeta, cuarenta minutos menos que la media de los europeos

Y parece que acierto, porque la Universidad Nacional de Singapur, prodigio de diligencia, ha demostrado en un estudio con 114.000 participantes de veinte países que «la convergencia de los horarios del fin de semana y los de la semana laboral ha reducido la frecuencia cardíaca (un indicador de buena salud) medida en pulsaciones de los sujetos». 

Eliminemos pues la tiranía moral de los madrugadores y su supremacismo horario. No es más virtuoso ni más trabajador ni más sano ni más nada quien se despierta antes, sino quien más valor consigue crear para los demás sea la hora que sea.

Por eso seré mucho más liberal, cosmopolita y abierto de miras que los singapureños (y que Guardiola) y saludaré la libertad de miras horarias con que nos ha obsequiado el trabajo a distancia de la pandemia y les obsequiaré con mi propio mensaje horario moral: «Escojan ustedes sus horarios en la medida en que les sea posible y permitan a quienes de ustedes dependan que hagan lo mismo».

Porque todos, lechuzas y ruiseñores, saldremos ganando.

* Periodista. Lluís Amiguet es autor y cocreador de ‘La Contra’ de ‘La Vanguardia’ desde que se creó en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el ‘Diari’ y en Ser Tarragona. Su último libro es ‘Homo rebellis: Claves de la ciencia para la aventura de la vida’.

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