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Decapitaciones y crucifixiones

M.Victòria Bertran

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Pues no, no hablo del Estado Islámico. Se lo confieso: estoy hasta el moño de tener que aguantar como un chaparrón las críticas que surgen en cualquier charla sobre Siria contra los medios de comunicación. Nos echan en cara la excesiva y morbosa atención dedicada a las barbaridades del Daesh –decapitaciones y crucifixiones, entre otras– sin haber hecho suficiente caso a las penalidades diarias de la población siria hasta que su éxodo no nos los ha traído, literalmente, al lado de casa. Admito que tienen buena parte de razón.

En homenaje a esas críticas y a lo hipócritas que podemos llegar a ser, me fijo hoy en Arabia Saudita. En cualquier momento puede crucificar a Ali Mohammed Baqir al Nimr, condenado a tal martirio en mayo de 2014, con 17 años, por haber participado en manifestaciones contra el gobierno, según han denunciado Amnistía Internacional, Reprieve y otras ONG.

El espacio que han dedicado al asunto las cabeceras internacionales y las principales cadenas, ya lo saben: cero patatero. Tampoco les han importado mucho las cerca de cien personas que, este año, han sido decapitadas en público en ese país.

Estoy segura, no obstante, de que la cuestión fue abordada por nuestro ministro José Manuel García Margallo cuando se reunió hace unos días en Nueva York con su homólogo saudí, Adel al Jubeir.

Claro que en la web de Exteriores solo consta que abordaron «los elementos principales de una relación bilateral excelente, tanto por la tradicional cercanía de las respectivas Casas Reales como por el incremento de las relaciones económicas e inversiones». Qué raro.

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