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Opinion EDITORIAL

Dejemos al Ejército en paz

El referéndum hay que desactivarlo políticamente, con argumentos, con propuestas, convenciendo a los ciudadanos de que romper es una derrota para todos

Diari de Tarragona

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La cuenta atrás hasta el 1 de octubre será un pulso continuado entre el Gobierno central y la coalición gobernante en Catalunya para dirimir el grado de credibilidad que tendrá el referéndum o lo que acabe siendo lo que se celebre el citado 1-O. Lo que parece incuestionable hasta para el propio Gobierno central es que la consulta es imparable. Una vez ha quedado patente por parte de Junts pel Sí y de la CUP que realizarán el referéndum sí sí, en un claro desafío a la legalidad vigente, el único medio que tiene el Estado para impedirlo sería el uso de la fuerza. La ministra de Defensa, Dolores de Cospedal, ha sido la encargada de deslizar sin ningún recato que una de las misiones de las Fuerzas Armadas es garantizar la integridad territorial de España. Sin embargo, a poco que la propia señora ministra reflexione, se dará cuenta de que en pleno siglo XXI, no ya la imagen de carros de combate por la Diagonal, que resultaría histriónica, sino la mera presencia de uniformes de campaña en alguna de las instituciones de Catalunya, resultaría anacrónica. Las fuerzas Armadas no se usaron ni para combatir a ETA. ¿Las va a emplear ahora para refrenar a Puigdemont y Junqueras? Los propios generales (que ya no son aquellos que seguían soñando en asumir el poder absoluto como en otros tiempos) serían los encargados de corregir tamaña barbaridad. Afortunadamente, España tiene ahora un Ejército democrático, moderno, integrado en la OTAN y en los organismos occidentales de defensa. Un Ejército, en definitiva, que no está para matar pulgas ni para reforzar los delirios de machito de algún político incapaz. Dejemos pues al Ejército en paz, señora Cospedal, y tengámoslo preparado en elevado grado de eficacia para que no sea necesario utilizarlo jamás, como recomendaba Flavio Vegecio in illo tempore. El referéndum hay que desactivarlo políticamente, con argumentos, con propuestas, convenciendo a los ciudadanos de que romper es una derrota general para todos, con ofertas para superar las reiteradas reivindicaciones justas y, sobre todo, no dejando podrir los problemas.

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