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Del bienestar... ¿al bien vivir?

La cuestión quizás sea lograr seguir viviendo como vivimos? pero pudiendo
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Los sustos que han venido de Asia los últimos días sirven para recordar que la crisis con que el mundo se topó en 2008 no se acaba de superar. Persiste, aunque haya días que no lo parezca, en un escenario de alta vulnerabilidad porque cualquier percance localizado entraña riesgos de convertirse en global. Han bastado indicios de ajuste en China y el anuncio de una posible retirada de estímulos monetarios en Estados Unidos, para que brotes de pesimismo hayan reaparecido por doquier. Es la constatación de que buena parte de la economía mundial prospera –es un decir– bajo una especie de respiración asistida, en forma de endeudamiento que no se prevé compatible con unas tasas de crecimiento que dan visos de remontar.

En términos generales, la duda que sigue sin encontrar respuesta es si el modelo imperante ha agotado o no su capacidad. De siempre, el capitalismo ha tenido como objetivo, algunos dicen que único fundamento, crecer y seguir creciendo; cuanto más, mejor. Lo que no ha evitado, más bien propiciado, amplias discusiones sobre el concepto mismo y la forma habitual de medirlo: la evolución del Producto Interior Bruto (PIB).

Últimamente, antes y sobre todo después del primer seísmo acaecido hace ahora siete años –quiebra de Lehman Brothers–, las discusiones discurren centradas entre quienes niegan que el capitalismo tenga opciones de sobrevivir sin acumular fuertes dosis de crecimiento y los que, por el contrario, sostienen que continúa teniendo margen para adaptarse, incluso reinventarse para afrontar bajos o nulos avances de PIB. De momento, ni unos ni otros acaban de perfilar una alternativa consistente, ajustada a sus postulados, capaz de mostrar cómo será o debería ser el porvenir.

Las discrepancias tienen a veces aspecto semántico, pero lógicamente van más allá. Alcanzan propuestas radicalmente distintas de organizar economía y sociedad, derivando en nuevas formas de vivir, muchas de ellas con más rechazo que aportación. Existe, sin embargo, cierta unanimidad en considerar que lo actual tiene pocas o ninguna opción de sobrevivir. Coinciden en que estamos en medio de un proceso de cambio, aunque no esté ni mucho menos claro cuán profundo es ni, todavía menos, para desembocar en qué.

El vaticinio de que el sistema ha tocado fondo –o techo, que viene a ser lo mismo– y no tiene capacidad de recomponerse ha dado pie a un sinnúmero de opciones. Su presunta defunción tiene tantos enfoques, incluye tantos matices, que buena parte de las propuestas sustitutivas son irreconciliables, suenen viables o no.

Distintos autores llevan tiempo teorizando sobre el concepto de decrecimiento, definido no exactamente como ‘no crecimiento’, sino como tránsito hacia un nuevo sistema de organizar la economía y por ende la sociedad. La paternidad se atribuye al intelectual francés André Gorz, quien lo habría utilizado por primera vez en 1972 y concretado después como la mejor vía para afrontar las limitaciones opuestas a consumir cada vez mayor cantidad de recursos finitos del planeta. Ése ha sido también el título elegido por un grupo de investigadores del colectivo Recerca i Decreixement, de la Universidad Autónoma de Barcelona, para reunir un conjunto de análisis, opiniones y propuestas de distintos autores (Icaria Antrazyt, 2015) que, aun siendo todas muy críticas con el presente, muestran amplias discrepancias sobre el porvenir.

Buscándoles algo más o menos compartido, quizás recuerden en algunos aspectos aquellas visiones lanzadas por los socialistas utópicos del XIX, recuperando conceptos de compartición, equidad, naturaleza, etc., con el aditamento de fundamentos ecologistas actualizados, apelaciones al ‘procomún’ y preocupación muy afianzada por los negativos efectos y consecuencias de la creciente desigualdad.

No cabe ignorar que el ingrediente utópico de muchas de esas visiones propicia la descalificación simplista, pero la vigencia irresuelta de los problemas y deficiencias que padece el sistema seguramente aconsejan una consideración más detenida y buenas dosis de reflexión. Claro que, en el mismo sentido, el análisis de la realidad con tintes en exceso catastrofistas ayuda poco y sería más constructivo si convergiera hacia reconocer los logros cosechados, que los hay.

Toca admitir que el sistema aún vigente ha propiciado la extensión y el avance de notorios grados de bienestar. La cuestión a dirimir es si puede pervivir sin cambios y seguir impulsando la prosperidad colectiva e individual. Aunque, de otra parte, puede ser momento de revisar el concepto mismo de bienestar e ir sustituyéndolo por lo que algunos ya patrocinan como ‘bien vivir’. Quizás sea una de las mejores aportaciones de los revisionistas, camino de algo que tiempo atrás alguien expresó de otra forma: se trata de seguir viviendo como vivimos… pero pudiendo.

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