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Del odio a la cobardía

Una de las bases de la democracia es la cultura del diálogo. No la de las coces

Ángel Camacho

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Aunque limitada en lugar y consecuencias, la agresión a dos muchachas barcelonesas por el grave delito de proclamar su adhesión a un equipo de fútbol, debe impresionar a cualquier ciudadano con dos dedos de frente y el alma limpia.

Los vándalos que agredieron a las dos jóvenes –¡cuatro!... ¡hombres!... ¡valientes como ninguno!– lo hicieron con premeditación, alevosía y estupidez. Porque, con esa actuación, se han equiparado a los ultras que asaltaron la Delegación de Cataluña, en la calle de Alcalá, de Madrid.

Que no nos vengan con lo de «la roja» y «ser españolas». Eran dos forofas de un equipo al que siguen, porque les gusta, millones de ciudadanos, de derechas, de centro y de izquierdas.

Supongo que esos vándalos no deben pertenecer siquiera a algún partido u organización democrática. Una de las bases de la democracia es la cultura del diálogo. No la de las coces. No la dialéctica «de los puños y las pistolas» de los años 30. ¿Quiere alguien volver a esa época?... De acuerdo con que esta pobre democracia española aún no ha superado tics que hay que echar a la basura y al olvido. Hay que conseguir de los responsables –¿los hay, realmente?– de los partidos políticos que fomenten la cultura del diálogo para desechar el odio. Odio: sentimiento violento de repulsión hacia alguien acompañado del deseo de que le ocurra – o hacerle – algún daño.

Se puede criticar al adversario, buscar sus debilidades, aprovechar sus descuidos, pero no se tiene más razón cuando se quiere imponer a gritos o puñetazos, o guardar silencios cuando se debe razonar dialécticamente. Esos silencios son una señal más de cobardía. Y mucho menos, golpear a mujeres confiadas en que podían ejercer su derecho de expresión pacíficamente. Por cierto, el presidente de Turquía, un tal Erdogan, llama a las mujeres «medio personas»…

¿Cree el lector que el público de Madrid, o el de Zaragoza, o el de Sevilla debería seguir el ejemplo de esos… ¿Y que los aficionados locales esperaran a los del Barça o del Athlétic o del Lleida a la salida de de un encuentro y les rompieran las camisetas, las banderas o las narices?... Claro que no. Es muy preocupante. Aumenta la violencia de género, la violencia de adultos contra menores, la violencia de hijos contra padres, la violencia de los poderosos, la violencia de los desarraigados, la violencia en las TV…

Pero la responsabilidad política se extiende también a las autoridades policiales, por su aparente laisser faire. Los ciudadanos nos quedamos pasmados contemplando cómo grupos de lo que sea campan por barrios y calles. Con una mínima, escasa y a veces nula actuación policial. Como todos saben, la única posibilidad de actuar agresivamente corresponde a las fuerzas de Orden Público, incluída la Guardia Urbana, y dentro de los límites legales y oportunos. Decía un jefe de los «Mossos d’Esquadra» el otro día, comentando con ironía una frase de la alcaldesa de Barcelona: «¿Qué proporcionalidad corresponde a la Policía cuando se incendian contenedores, se causan daños a vecinos, se rompe la paz de todos?...»

Recomiendo que se abandone el odio, la revancha. La Dictadura se acabó. No podemos estar pidiendo cuentas hasta la tortícolis política, sin perjuicio de que las leyes se apliquen: la de Memoria Histórica, por ejemplo.

Otra cosa es el orgullo de lo propio, y, si se quiere, el menosprecio de los adversarios, incluso la ironía; es preferible el desprecio al odio, como muestra de inteligencia y practicidad.

Por cierto, aún no hemos leído u oído nada de la C.U.P. sobre esa agresión. Sí o no: ¿rechaza o aprueba el comportamiento de los agresores?...

Otro día comentaremos qué ha sido y es el anarquismo como doctrina, como utopía y como realidad social.

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