Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

Más de Opinion

Del silencio

Whatsapp

Hagamos del silencio un derecho universal. Celebremos los vagones silenciosos, abramos bares sin teles ni hilos musicales, apaguemos tertulias y debates que no dicen nada. Desterremos el barullo en el que vivimos. En el barullo nadie escucha, sólo se oye: todos los sonidos se entremezclan en un muro indistinguible. El barullo nos protege de la voz y del pensamiento, nos libera de la responsabilidad de distinguir discursos e ideas y nos hace estúpidamente libres. En el silencio es posible la conversación porque podemos escuchar al otro, es posible el pensamiento porque podemos escucharnos a nosotros mismos.

El barullo es una máscara de la peor clase. Hacemos ruido para evitar decir nada, nos envolvemos de ruido para evitar escuchar nada. El barullo es escapismo irresponsable. Impide la concentración y nos tensa a la vez que nos agota: nos hace estar alerta, irritables, alterados. Hemos convertido el ruido casi en una obligación porque malinterpretamos el callar como falta de honestidad y la libertad de expresión como obligación de hablar. Tenemos un axioma para decidir nuestras afinidades: en materias polémicas, el que grita, convence. Debatir es vociferar. No decir lo que pensamos se interpreta como una falta de respeto al espacio común y, sobre todo, a nosotros mismos. Gritamos más que los demás para oírnos a nosotros mismos: el ruido es el selfie de la palabra.

Nadie ha explicado mejor el ruido que Douglas Adams. En El restaurante del fin del universo, Adams introduce a los Belcerebons del planeta Kakrafoon Kappa, criaturas calladas y serenas que despiertan la envidia y el fastidio de sus vecinos de sistema solar. Para romper su contemplación pacífica, un tribunal galáctico los condena a la telepatía con una cláusula terrible: la única manera de dejar de transmitir sus pensamientos es hablar sin cesar de banalidades. La cháchara, ingrediente principal del ruido, se convierte así tanto en cárcel para la reflexión y la contemplación como en máscara con la que ocultar las ideas propias.

Intuyo que el barullo tiene algo también de documentación del yo. El barullo moderno, social y 3.0 no está muy lejos del barullo tradicional, el acústico. Hacemos ruido para que se sepa que existimos. No; hacemos ruido para existir. En Silence Is Golden de Garbage, Shirley Manson cantaba «if I am silent then I am not real». Callarse se nos antoja demasiado parecido a morir y la muerte no tiene sitio en el mundo que nos hemos construido. De este modo, la exhortación inocente de Depeche Mode se convierte en llamada a la revolución: «enjoy the silence», disfruta del silencio como golpe que rompe el barullo, como encuentro con el yo, con la muerte, con lo real. Ahora las palabras no son violencia sino normatividad sedante y estar en silencio es un acto de fuerza radical. Con los amigos solíamos bromear imaginando a un tipo leyendo en su casa, tranquilo, mientras en la vivienda de al lado se celebra una sonorosísima fiesta. La policía llama a la puerta y le afea el gesto: «pero hombre de dios, ¿qué hace tan callado?, ¿no ve que al lado están intentando pasárselo bien?».

La figura de los Belcerebons podría llevarnos también a un segundo orden de barullo y, por lo tanto, a un segundo tipo de silencio. Frente al ruido externo, el ruido de los otros, encontraríamos el ruido de uno mismo. Nuestras mentes son máquinas de generar ruido, un ruido más difícil de acallar y por lo tanto más peligroso. Hay una turbina en nuestras cabezas que no para de agitar decenas de líneas de pensamiento al mismo tiempo, una riada de ideas estúpidas, molestas, bellas y hasta brillantes, todas rugiendo a la vez. El peligro no es escucharlas, sino escucharlas demasiado, dejar que se conviertan en otro muro indistinguible en el que ya no hay pensamiento sino embrollo. Si el ruido externo destruye el espacio común, el ruido interno calcina el espacio propio. Los Belcerebons, podría entenderse, no hablan sólo para impedir que los demás lean sus mentes, también intentan impedírselo a ellos mismos.

Uno ha de ser cuidadoso con el ruido interno. Hasta cuando intentamos explicarnos a nosotros mismos (con el misticismo new age,con la autoayuda) acabamos generando ruido. Pretendemos comprendernos en términos mecánicos, lógicos, sistémicos, como mente que se habla a sí misma. No es que nos falte razón; el silencio puro, después de todo, es imposible, no existe eso de dejar la mente en blanco. Los Cazafantasmas lo intentaron y acabaron creando un monstruo de malvavisco de treinta metros que por poco destruye la ciudad. El peligro radica en la incapacidad de discernir esas decenas de pensamientos simultáneos, en hacerles demasiado caso e identificarnos con todas ellas. No hay silencio desde el que entablar diálogo con uno mismo sino ruido que nos da la razón con vehemencia. Pensamos para estar de acuerdo con nosotros mismos, otro signo de estos tiempos narcisistas. Mientras más sabe argumentar uno, mientras mejor construye razonamientos y modelos lógicos, más atrapado está por la trampa del ruido. Más fácil le será autoengañarse y caer en pozos cavados a fuerza de razón. Las ideas más escandalosas, las que más gritan, convencen. Ahí hay bastante de la inteligencia fracasada sobre la que escribía Marina: en ser víctimas de nuestra propia contaminación acústica.

Aprendamos no sólo a darle espacio al silencio en lo externo sino a pensar en silencio interno. Aquí es útil recurrir al budismo: recuerden que nirvana viene a significar apagarse; tal vez apagar el estruendo que nosotros mismos hacemos. Ése es el silencio que sí existe: el de la mente que oye pero se distancia, que no se enreda en el barullo. Sólo así desbrozaremos los pensamientos y separaremos lo bello y brillante de lo estúpido y ególatra. El fracaso de la inteligencia, entonces, sería dejarse convencer por el ruido y no entender que en el fondo, bajo toda nuestra parafernalia y nuestras arquitecturas imposibles, no somos más que silencio. Triunfar sobre el barullo implica entender que el silencio, como ya sabían John Cage, los monjes cartujos o Depeche Mode, hay que disfrutarlo de forma activa y furiosa.

Temas

  • TRIBUNA

Comentarios

Lea También