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Democracia activa

No se puede mantener amistad, ni negocios, ni relaciones políticas con quien desdeña los civilizados principios de representación democrática que han hecho al mundo lo que es

PEDRO VILLALAR

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Frente a fenómenos fascistas -el término no es exagerado- como el surgimiento de un personaje como Trump, habituado a utilizar con absoluta normalidad y asiduamente la mentira para el ejercicio de la política y sin empacho a la hora de convocar a sus alienados partidarios a llevar a cabo la ocupación física del Poder Legislativo -lo que se llama en todas partes golpe de Estado-, son muy útiles las iniciativas individuales de rechazo, las manifestaciones corporativas de desagrado, las tomas de posición de los grupos de presión, de las instituciones del propio país o multinacionales: no se puede mantener amistad, ni negocios, ni relaciones políticas con quien desdeña los civilizados principios de representación democrática que han hecho al mundo lo que es, que han acabado (de momento) con las guerras, que procuran un bienestar creciente a la humanidad.

Viene esto a cuento de algunas noticias aleccionadoras y estimulantes: el Deutsche Bank es actualmente el principal financiador de los negocios de Trump; el magnate y golpista presidente norteamericano (todavía) le debe unos 300 millones de dólares, y la entidad germana ha decidido romper lazos con su cliente, una vez que haya liquidado su deuda. Otros bancos menores, como Signature Bank, han cerrado también sus cuentas a Trump por la intentona del 6 de diciembre. Y muchos de los flujos filantrópicos movilizados por los seguidores de Trump han dejado de recibir recursos por la misma causa. La sociedad estadounidense ejerce, en fin, la democracia activa. Ojalá aquí la ciudadanía tuviera siempre la misma sensibilidad.

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