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Democracia y rigor moral

La ética pública sólo se desarrolla en contextos en que la autoridad se inviste de rigor moral en el manejo del dinero público
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Con cierta hipocresía nos hemos llevado las manos a la cabeza al saber que el 69% de los directivos empresariales españoles ven como habituales y naturales los sobornos. Es decir, los regalos o, en menor medida, los pagos en metálico como método habitual de abrir puertas y encontrar atajos en el mundo de los negocios. El dato se desprende de un estudio de E&Y sobre Fraude y corrupción en Europa elaborado con la opinión de 3.800 empleados, directivos senior y miembros de consejos de administración. En el ranking de sobornos, que va de más a menos, Croacia ocupa el primer lugar y España el 13, por detrás de Grecia y por delante de Egipto. En un país como el nuestro, en que la corrupción pública ha alcanzado tan alto grado de difusión, es lógico que el mundo empresarial sea una jungla. De la misma manera que allá donde las elites defraudan sistemáticamente al fisco, los ciudadanos no tienen tampoco conciencia fiscal. La corrupción, que tan profundamente ha impregnado los partidos y ha destruido el crédito de las instituciones, no es sólo un mal por el daño objetivo que causa: también perturba por la simiente de inmoralidad que extiende. Porque la ética pública sólo se desarrolla en contextos en que la autoridad se inviste de rigor moral y la democracia se dota de resortes para garantizar el manejo escrupuloso de los recursos públicos. Sin estas virtudes todo esfuerzo contra la corrupción será baldío.

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