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¿Desastre o deslastre?

La decisión británica de abandonar el barco europeo no puede ser matizada

Dánel Arzamendi

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El espectáculo que está ofreciendo el Reino Unido durante las últimas semanas amenaza con barrer la imagen de seriedad y solidez que tradicionalmente hemos observado (y envidiado) desde la otra orilla del Canal de la Mancha. El resultado del referéndum sobre el Brexit ha provocado una tormenta que está afectando a todas las facetas relevantes del país y que está siendo afrontada internamente con un grado de improvisación realmente sorprendente. Da la sensación de que las autoridades británicas jamás creyeron sinceramente que la salida de la UE fuera posible, y por tanto nadie previó una hoja de ruta política y económica para responder a una contingencia que entraba dentro de lo factible.

Los efectos de la votación británica en el mundo financiero han sido inmediatos. La cotización de la libra esterlina ha caído a niveles de 1985, y diversos fondos inmobiliarios han sido bloqueados para impedir que los inversores retiren su capital. Este pseudocorralito, por un importe superior a los trece mil millones de libras, puede servirnos para atisbar la gravedad de lo que puede estar por venir. No en vano, la conocida consultora PwC ha estimado que el Brexit puede suponer la pérdida de 100.000 puestos de trabajo cualificados en la City.

Lamentablemente, las tormentas financieras no son controversias conceptuales que viven en un olimpo desgajado de la realidad cotidiana. El derrumbe cambiario está afectando de modo directo a infinidad de compañías de tamaño menor que se encuentran especialmente expuestas a la cotización de la libra, como ha quedado acreditado tras la notable caída del mercado secundario londinense. Ya no estamos hablando sólo de un quebradero de cabeza para brokers y fondos especuladores, sino del futuro contante y sonante de numerosas empresas medias y sus empleados.

En cualquier caso, las consecuencias más chocantes del Brexit se han producido en el ámbito político. Nada más conocerse la victoria de los antieuropeístas, el primer ministro David Cameron comparecía frente a Downing Street para presentar su dimisión en diferido, si me permiten la cospedalería. El líder del partido tory había apostado todas las fichas de su futuro político a la permanencia británica en la UE, a través de una consulta exclusivamente convocada para atajar los problemas que esta cuestión generaba en la formación conservadora… y perdió. Los referéndums los carga el diablo. Bye bye, David.

Sin embargo, el responsable de la consulta no ha sido el único damnificado por su resultado. El líder laborista, Jeremy Corbyn, tiene muchas posibilidades de seguir los pasos de su principal adversario en la Cámara de los Comunes. Gran parte de sus compañeros de partido le responsabilizan del fracaso en el referéndum, al haber defendido la permanencia en la UE con una tibieza que rozaba la desidia. Corbyn nunca fue especialmente europeísta, pero las probables consecuencias negativas del aislamiento británico a corto y medio plazo pueden condenarlo definitivamente.

De todos modos, lo que nadie pudo prever es que los dos grandes triunfadores de la votación acabasen también arrollados por el Brexit. El antiguo alcalde londinense Boris Johnson, un brillante y excéntrico antieuropeísta por motivos exclusivamente tácticos, fue impúdicamente traicionado por el maquiavélico Michael Gove en el último momento, y se vio obligado a renunciar a la carrera por la sucesión conservadora. Por su parte, el embustero líder del partido ultraderechista UKIP, Nigel Farage, también ha abandonado la política tras reconocer en la televisión británica que las cifras que propagó durante la campaña eran tan eficaces como falsas. La reacción de indignación e incredulidad de la entrevistadora de Good Morning Britain pasará a la historia.

El panorama político británico ha acabado convertido en una de esas tragedias shakesperianas donde muere hasta el apuntador. Dos mujeres parecen estar llamadas a reconstruir las ruinas del partido conservador: la actual ministra de Interior, Theresa May, y la secretaria de Estado de Energía, Andrea Leadsom. Tienen por delante un reto titánico si finalmente les corresponde tomar las riendas de un país aturdido con un resultado que sin duda hoy no se repetiría, un panorama financiero inquietante a la vista de los datos macroeconómicos, una clase política devastada por un proceso descontrolado, un conflicto generacional latente que se ha evidenciado con el referéndum, y una crisis territorial más enconada que nunca.

Efectivamente, a los escoceses se les amenazó con quedar fuera de la UE si se independizaban del Reino Unido, y precisamente van a quedar fuera de la UE por no haberse independizado del Reino Unido. ¿Cabe mayor paradoja? Resulta imposible recordar un timo colectivo de semejante envergadura. Pero el problema no acaba ahí, teniendo en cuenta las crecientes voces que abogan por retomar la posible reunificación irlandesa, y el enorme malestar de la población londinense que va a quedar desterrada del proyecto común pese a haber votado masivamente a favor de la permanencia.

Paralelamente, el Brexit ha generado en el resto de Europa un interesante debate sobre la forma en que debe afrontarse este momento histórico. En mi opinión, no es el momento de las componendas con quienes han renunciado voluntariamente al proyecto comunitario, pues favoreceríamos así una espiral disgregadora de efectos letales. La decisión británica de abandonar el barco europeo no puede ser matizada (si te vas, te vas) ni gratuita (a lo hecho, pecho). Es una noticia triste, sin duda, pero cabe reinterpretarla en clave positiva. Por mucho que nos duela a quienes apreciamos y admiramos al Reino Unido, debe reconocerse que Londres ha sido históricamente un fastidioso compañero de viaje que introducía sistemáticamente palos en las ruedas del carro comunitario. Acabamos de librarnos involuntariamente de un pesado lastre en el proceso de construcción europea, una oportunidad que debemos aprovechar para avanzar de una forma más rápida y eficaz en la integración continental.

 

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