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Desde la anarquía a Podemos (2)

El anarquismo, en cambio, siguió anticapitalista y enemigo de la adaptación

Ángel Camacho

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Desde la anarquía a Podemos (2)

Desde la anarquía a Podemos (2)

Muchos lectores no sabrán de quién hablo cuando menciono a Cipriano Mera o a Buenaventura Durruti. No hace 80 años, estos dos anarquistas eran de los personajes más conocidos en todo el país, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Centro, en España, no lo había.

Cipriano Mera era el típico producto nacido de familia pobre, en Tetuán de las Victorias (barrio pobre de Madrid). El 4 de noviembre de 1897. Su padre (el tío Chimeno) tenía un carro con el que hacía portes por la ciudad. Cipriano, según sus propias declaraciones, «a los 8 años arrancaba hierbas en el campo». «No tuve otra escuela y aprendizaje que los andamios de las casas en construcción», afirmó. Hombre de infinita paciencia y espíritu de sacrificio, llevaba un libro para leerlo en los pocos momentos de descanso en su trabajo. Evolucionó desde Bakunin hasta ser el alma del Sindicato de la Construcción (palabras de Federica Montseny). Y llegó a jefe de un Cuerpo de Ejército en la Guerra Civil. Un hombre de una pieza.

Durruti nació el 14 de julio de 1896 en el modesto barrio de Santa Ana, en León, segundo hijo de los ocho de su familia. Fue aprendiz de mecánico y a los 17 años, siendo tornero de 2.ª, se afilió a la socialista UGT. Participó en la huelga general revolucionaria de 1917 y tuvo que huir a Francia. Al volver, en 1920, se afilia a la anarquista CNT en Barcelona, incorporándose al sector ‘faísta’ (más cercano a la combativa Federación Anarquista Ibérica). En Cataluña había unos 700,000 miembros de estas organizaciones. Intervino decisivamente en el fracaso del alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Con otras organizaciones formó el Comité Central de Milicias Antifascistas, con el que puso a la Generalitat y al presidente Companys en un humillante segundo término. Con la ‘columna Durruti’ marchó hacia la conquista de Zaragoza, que tuvo en sus manos, pero el afán de ir fundando comités anarquistas libertarios en los pueblos por los que pasaba, la propia esencia asamblearia de sus milicianos (cualquier ataque o maniobra tenía que acordarse en asamblea), dieron lugar a que los ‘nacionales’ se consolidaran y Zaragoza quedó a a solo 40 kilómetros. Llegó en noviembre a la Ciudad Universitaria de Madrid, que estaba a punto de caer en manos de las columnas africanas, y falleció en forma no aclarada aún. Unos afirman que se le disparó el ‘naranjero’ al salir del coche; otros, que fue alcanzado por un francotirador enemigo; otros, que por envidias… Pero fue un líder popular. Frases suyas: «La única iglesia que ilumina es la que arde» (tomada del ruso Kropotkin). O «Que no se olvide que los obreros somos los únicos productores de riqueza. Somos nosotros, los obreros, los que hacemos marchar las industrias, la maquinaria… los que construímos ciudades. ¿Por qué no vamos a construir en mejores condiciones lo destruído? No nos dan miedo las ruinas porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones».

Estos dos ejemplos significan, en el sector más moderado y en el más combativo, lo que era el anarquismo español de mediados del primer tercio del siglo XX.

En la Enciclopedia política editada por Ríoduero, en el volumen sobre Marxismo y Democracia, se subraya la originalidad de que el anarquismo se impusiera en las sociedades no industriales del sur de Europa. Evidentemente, el anarquismo estaba menos a la altura de las exigencias organizativas de la complicada sociedad industrial del centro y del norte europeos, mientras que el marxismo aceptaba al capitalismo como etapa transitoria y necesaria. El anarquismo, en cambio, siguió anticapitalista y enemigo de la adaptación.

Antes, durante y después de la Guerra Civil, la CNT y la FAI consideraron a los comunistas como traidores al pueblo, sometidos a la Unión Soviética. No les faltarán razones a este anticomunismo que fue explotado también por las derechas. ¿Guerra o revolución? Este dilema duró los tres años de la contienda y sigue, aunque el comunismo haya variado en su autocrítica.

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