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Desesperación

Resulta desesperante tener que resolver una avería telefónica hablando a una máquina
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La sensación psíquica de desesperación no es nueva, seguramente es consustancial al hombre desde que es humano, pero con la invasión de las nuevas tecnologías y el objetivo tan generalizado de prescindir de personas en los puestos de trabajo, alcanza a veces límites de verdadera impotencia. Parodiando a las explicaciones de los derrotados en la Armada Invencible, uno lucha contra las adversidades pero fracasa ante las respuestas mecánicas y metálicas de unas voces de ultratumba que responden a nuestra corrección verbal solo ordenando marcar y marcar números que a la mínima caen en el vació o en la más absoluta de las incomprensiones de tan inexistente interlocutor.

Una de las sensaciones más desagradables que nos toca capear en estos nuevos tiempos es hablar, sí, con un interlocutor que no escucha ni, por supuesto, entiende explicaciones o simples argumentaciones sobre nuestros problemas o reivindicaciones. Resulta desesperante tener que resolver una avería telefónica, por ejemplo, sin que nadie te comprenda al otro lado ni te deje exponer lo que ocurre en tú línea. Esta fiebre, esta precipitación por adelantarse al futuro, a un futuro que tiende a prescindir de seres humanos y dejar que el pan se gane con el sudor de los ordenadores, o los robots o lo que coño sea, tiene ventajas pero también nos deja atónitos ante lo que nos espera.

Nada es de extrañar que el paro aumente y los ambicionados puestos de trabajo desaparezcan como por ensalmo. Con las nuevas tecnologías se vive mejor, desde luego, pero vamos camino de convertirnos en unos autómatas inútiles, incapaces de resolver nada por nuestra cuenta. El diálogo de sordos que nos enfrenta a menudo con los contestadores automáticos, incapaces de escucharnos y dar respuesta a nuestras necesidades, deja en el cuerpo una sensación indescriptible de claudicación ante el absurdo en que a menudo se convierten nuestras existencias. Es triste que los avances de la ciencia y la tecnología, tan valiosos en tantos aspectos, nos estén convirtiendo en incapaces o inválidos mentales y manuales.

No todos somos técnicos electrónicos ni quizás tengamos condiciones ni tiempo disponible para adquirir semejantes conocimientos y desarrollar las habilidades. Los servicios los pagamos en efectivo y las transferencias los acreedores las reciben sin problemas. Para eso sigue habiendo personas que comprueban, suman y, a la mínima, alertan de un impago insuficiente o de un retraso aunque solo sea por unas horas. Pero para resolver un obstáculo en la conexión del teléfono móvil o para salvar una caída del servicio de Internet, que falla con demasiada frecuencia, todo se vuelve más complicado. Con la agravante de que con la voz neutra de una grabación como respuesta ni siquiera nos queda el recurso, tan liberador de nuestras quejas y malos humores, de elevar un poco el tono de nuestras razones.

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