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Después de besar mi aldea

¡No a la pasarela que ya Ramon Salas proyectó construir sobre la vía del tren en 1889!
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Tocar ferro es una expresión catalana equivalente a la castellana tocar madera. Aunque significaba ir a desenfundar el hierro cuando alguien se acercaba con malas maneras, aquí equivale a recorrer la Rambla, pasar junto a la estatua del pirata Roger de Lauria con un dedo señalando hacia abajo, y asomarse al impresionante balcón diseñado por el arquitecto Ramón Salas.

En términos precisos, a Tarragona no se le puede aplicar la canción Mediterráneo pues dice Si te acercas y te vas, después de besar mi aldea, y esta ciudad se halla sobre un promontorio con suficiente desnivel para matarse. Y lo de no mojarse los pies, viene al hilo de que he leído una historia novelada de Tarragona, Tarakon, Iberos 218 a. de C. que es la primera de una serie de ocho entregas que deberá figurar en la biblioteca de los tarraconenses de pro como su autor, otro arquitecto que pasará a los anales por dedicar a esta tarea ingente, una buena parte de su vida.

Curiosamente la historia de Tarragona comienza en Lérida cuando un constructor ilergete (pueblo íbero), arrolla con unos amigos el campamento de un grupo de tartesos, (una civilización casi extinta asentada en el río Bética cuya diáspora se debió probablemente al genocidio de los cartagineses, y que fue considerada por los griegos la primera civilización de Occidente) De ese encuentro fortuito nace la pareja que origina la estirpe que nos llevará de la mano por los siglos de esta ciudad imperial.

El elefante que ilustra este artículo, con el exterior dentro, podría tratarse de una alegoría al origen geológico del mar Mediterráneo con el agua penetrando y rellenando un desierto. «¿Cómo es el mar?», había preguntado Kara, poco antes de encontrarse frente a él. Mientras el novelista Xavier Climent describe la sensación que experimentan los personajes al descubrir el mar y el cantante Joan Manuel Serrat establece un poético paralelismo entre sus olas y una mujer que se aleja pensando en volver, el ilustrador Pep Serra introduce el paisaje en el interior del elefante dando vida al refrán, ‘El paisaje hace al personaje’.

Primero recogen un puñado de arena dorada que resbala por sus manos; después beben y escupen el agua salada, y finalmente se bautizan en el mar que los griegos llamaron Mesogeios Thalassa y los romanos Mare Nostrum, y en el que los dioses, afirma el arquitecto, decidieron pasar el resto de la eternidad. Yo, que he pasado de reírme a anar a tocar ferro, observo a las vías del tren con más inclinación desde que comprendí que las traviesas, al mismo tiempo que separan a la ciudad de Tarragona del Mediterráneo, protegen a quince kilómetros de playas vírgenes donde florecen azucenas silvestres que saludan a los trenes. Y que serían el único paisaje que reconocería el íbero, Lakerte, que miró el mar sintiendo que quería y añoraba a Kara, tanto como la conocía y temía. Hasta que de repente apareció en el horizonte una nave gigantesca con un animal mitológico de tres cabezas en el mascarón de proa, y en la popa, un ser aterrador surgido de las profundidades del abismo.

Yo no quiero saber si desciendo de un catalán, un aragonés o un castellano; si corre sangre mora o judía por mis venas, ni si tengo un abuelo cartaginés, fenicio, griego, etrusco, celta o romano de la séptima fila de remeros que encontró pareja escondida tras las cañas. Lo que yo quiero es saber por qué algunos somos como un algarrobo que no pueden subsistir a más de cuarenta kilómetros del mar Mediterráneo; y si provengo de aquellos pueblos desde Algeciras a Estambul que en la Edad de Hierro se asentaron en el valle del Ebro (Íbero proviene probablemente de allí), y que van a venir a visitarnos cuando organicemos los Juegos que el próximo lunes se expondrán al rey.

Hay otra escena en la novela, Kara y Lakerte llegan a Tarakon, y suben a una torre de las murallas en construcción, que acaba desmoronándose y con varias víctimas mortales: La vista era espléndida en el año 216 a. de C. Toda la costa, de levante a poniente, se podía controlar desde aquel único punto que se tambaleaba. La antigua oppidum de Tarakon, o lo que había dejado de ella Aníbal. Más allá, cuesta abajo, a poniente, el núcleo de Kesse con centenares de hogueras; alrededor de la colina, las tropas de Escipión, el africano, y más abajo, el puerto.

Tarragona es una ciudad altiva y para tener alma de marinero no hace falta fachada marítima con yates y ascensores como en Palma de Mallorca. Basta con qué le voy a hacer si soy un cantamañanas intentando dejar el juego y el vino. Y si con eso, un día de estos viene a buscarme la parca, no empujéis mi barca con un levante otoñal que os partirá la crisma, pero quiero tener buena vista.

Su beldad serena la proporciona encontrarse en la ladera de un monte, entre la playa y el cielo, y su arrogancia, a mucha honra, sólo es el fruto de la sabia elección de quienes crearon esta fortaleza justo en este lugar.

¡No a la pasarela! que ya Ramon Salas proyectó construir sobre la vía del tren en 1889, y no se llevó a término por falta de dinero.

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