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Después del desenlace

Hay en España mil menores de 15 años que practican el boxeo
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Mientras esperaba, frente al ‘ring’ del televisor, a que empezara el negocio del siglo entre el promotor, el negro y el filipino, estuve pensando en el aviso de los científicos por la subida de la temperatura del planeta disparatado que habitamos durante una corta temporada. Según ellos, que lo saben casi todo, una de cada seis especies está condena a la extinción. La biodiversidad irá a menos, pero no es cosa de preocuparse por el destino de los tigres de oro y luto, ni por las tortugas marinas. Si acaso por el atún rojo, que es un pez migratorio que se localiza en el Atlántico y en el Mediterráneo, y que está buenísimo. ¿Nos estamos cargando el invento? Los místicos hablaron siempre de la ‘maravilla de la creación’, pero los místicos no son de este mundo y creen que incluso los bacilos más perjudiciales son obra de Dios y compañeros nuestros en la aventura de vivir.

Me dio tiempo a todo en la larga noche pugilística incluso a considerar algunas estadísticas, como por ejemplo la del Consejo General de Médicos, que afirma que entre 2000 y 2006 el boxeo provocó 68 muertes en el mundo. Hay en España mil menores de 15 años que practican ese deporte de contacto que siembra neuronas en el tapiz de resina. ¿Qué importa eso? A mí el boxeo no es que me guste, es que me apasiona. No me acosté hasta las 7 de la madrugada, que es una hora preciosa. Lástima que suceda tan temprano. Si amaneciera a media tarde, yo no me perdería jamás «la vehemencia naranja» de los días que empiezan.

Ganó el negro, que hizo lo justo para ganar. Fue pura justicia la de las cartulinas de los jueces, pero el que acabó sonado fui yo. No tengo edad para presenciar otra cosa que no sea algún autorreproche moral, de esos que suelen presentarse a deshora. Menos mal que no hay prevista una pelea de revancha. Si no, voltearía otra noche, para tener que arrepentirme. Hay que saber perdonarse, sin proposito de enmienda.

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