Diez testamentos

Frente a la opinión generalizada que hacer testamento es algo de personas mayores, las estadísticas (al menos las mías personales) demuestran que no es algo propio de ellas, sino que es igualmente habitual entre jóvenes y personas de mediana edad

Martín Garrido Melero

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Martín Garrido Melero, notario

Martín Garrido Melero, notario

De los testamentos como medio de disponer del patrimonio para después de la muerte hemos escrito en estas páginas en diversas ocasiones. Hoy me quiero fijar más en la persona del testador o testadora.

1 Testamento de la persona religiosa. Cuando empecé a ejercer mi profesión en un lugar perdido en la Siberia extremeña la mayoría de los testamentos empezaban con una cláusula piadosa: «Confieso que he vivido en la Religión Católica Apostólica en la que quiero morir y ser enterrado». Unos años después (pocos), la cláusula (más de estilo) desapareció completamente y no la he vuelto a redactar; hoy vamos a lo patrimonial y nos olvidamos en nuestros testamentos de lo material, pero a veces queda un reducto para «algo más». No hace mucho tiempo el dueño de un bar musical quiso que quedasen muy claras sus disposiciones de última voluntad: a su muerte, habrá barra libre para los clientes habituales del establecimiento (menos para X, señalaba, que era un gorrón y siempre le cayó mal) y deberán todos oír tal canción (que mencionaba con nombre y autor para que no hubiera dudas en el tema). Yo no lo era, pero el testador me invitó a oír su querida canción: las copas deberán correr de mi cuenta.

2 Testamento del que quiere reinar después de morir. Hay personas que poco les importa lo que ocurra después de su muerte; hay otras, por el contrario, que quieren seguir mandando de alguna manera tras su muerte. De todas las instituciones jurídicas sucesorias, la que más se adapta a esta necesidad de permanencia, es la de los fideicomisos o las sustituciones fideicomisarias, muy típica del derecho tradicional catalán: el testador o la testadora quiere que su casa o ciertos bienes pasen a su muerte a sus hijos, pero no les quiere dejar completa libertad, y les impone con más o menos amplitud, que a su vez pasen a sus nietos. El fiduciario, que así se llama el primer heredero, o el fideicomisario, que así se llama al segundo, suelen vagar por las notarías en busca de una solución, muchas veces imposible, a sus problemas (maldiciendo para dentro a su honrada madre, que en el derecho llamamos fideicomitente).

3 Testamento de la persona justa. En los testamentos, por regla general, no se indican los motivos de las disposiciones. De su lectura puede deducirse que se quiere beneficiar más a unos que a otros, pero pocas veces sabemos la razón, y casi nunca se refleja en el documento los motivos de las disposiciones. Todos los afectados pueden adivinar al final los motivos, pero algunos se sorprenderán de que no eran tan queridos como suponían o que lo eran más de lo que creían. Ciertas personas (que no suelen tener hijos) establecen cláusulas en que llaman a sus amigos o familiares más queridos en proporciones diferentes (por ejemplo, a A cuatro décimos, a B dos décimos, a C y D entre los dos una décima parte, y así sucesivamente). ¿Cómo ha llegado a esta distribución la persona? ¿Cómo ha medido el cariño? Suele ser también habitual que vaya cambiando el testamento y variando a lo largo del tiempo las disposiciones en busca de una proporción justa. Seguramente pasará horas midiendo el nivel de afecto que experimenta y contando las llamadas que le hacen. Al final, se irá a la tumba sin que sepamos con claridad que pasó por su cabeza al tomar estas decisiones, aunque alguna idea tendremos: «a usted le quería la mitad que a X, debió olvidarse de felicitarle algún cumpleaños, estas cosas hay que cuidarlas», les dices.

4 Testamento del moribundo. Frente a la opinión generalizada que hacer testamento es algo de personas mayores, las estadísticas (al menos las mías personales) demuestran que no es algo propio de ellas, sino que es igualmente habitual entre jóvenes y personas de mediana edad. También frente a la imagen del moribundo con el notario a su lado, como aparece en el Quijote, lo usual es una escena mucho menos dramática; aunque esas situaciones de emergencia existen en alguna ocasión y cuando uno lleva muchos años de ejercicio la maleta empieza a estar llena. He ido muchas veces a hospitales, residencias o domicilios particulares a redactar, en este caso nunca mejor dicho, la última voluntad; me he encontrado de todo, pero especialmente la serenidad y la dignidad de las personas en ese último momento, y siempre me he preguntado (y me sigo preguntando) si estaré a la altura de las circunstancias cuando me encuentre en esa situación. Hay incluso algunos que te sorprenden con su sentido del humor. «Bueno, ya hemos testado» y añadió: «Le sigo a usted en el Diari y me gustan su artículos, pero que le publiquen pronto la segunda parte del último, por si no me da tiempo». «¿Le dio tiempo?», pregunté a los familiares algunos días después.

5 Testamento del solitario. Los testamentos te permiten conocer que hay personas que se encuentran muy solas, tengan o no familiares. Muchas más de lo que ustedes pueden imaginar. Puede que estas personas tengan hijos o familiares, pero por las razones que sean han roto todo contacto con ellos; en otros casos, carecen de todo tipo de relaciones familiares y han ido perdiendo a lo largo de la vida todos sus amigos.

«No tengo a nadie a quien dejar mis bienes», no hace mucho tiempo me confesaba una señora. «Pero, alguien tendrá», le interrogaba. Y la mirada de la potencial testadora me dejaba claro que su afirmación era un resultado definitivo. «No sé, busque a alguien y luego vuelva». Todavía no ha vuelto.

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