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Difuntos. Desde 1836 hasta 2019. Los muertos están menos solos en días como estos

Fosas, lápidas y sepulcros. Se dice que hay tres muertes. La primera es la física. La segunda, el olvido. La tercera, cuando alguien escribe la vida del extinto

JOAQUM ROGLAN

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El Día de Difuntos de 1836, Mariano José Larra escribió uno de sus artículos más conocidos. Junto a Fígaro, su alter ego y pseudónimo, el periodista paseó por un cementerio que llamó Madrid, «donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo». Y tomó nota de algunos epitafios esculpidos en las lápidas. «Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado». «Aquí yace media España; murió de la otra media». «Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez». «Aquí yace el crédito español». «Aquí yace el Estatuto, vivió y murió en un minuto.» «Aquí reposa la libertad del pensamiento.» «Aquí el pensamiento reposa, en su vida hizo otra cosa». Como en otra lápida el escultor aún no había puesto los nombres de los ocupantes del mausoleo, se los puso Larra: «!Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia!». De regreso a casa, le pareció que también su corazón era un sepulcro con un letrero que decía: «¡Aquí yace la esperanza! ¡Silencio, silencio!». Poco después, se pegó un tiro.

Aquel cementerio metafórico que Larra llamó Madrid, como pudo llamar a cualquier otra ciudad o pueblo de España o de Catalunya, vuelve a la memoria en estos días de fogatas otoñales en que la palabra tristeza, por una u otra razón, asoma en muchas conversaciones. Porque, si según aquel verso de Dámaso Alonso, «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres, según las últimas estadísticas», Catalunya es hoy una tierra de varios millones de personas desesperanzadas, según las últimas encuestas. Mientras, se procede a exhumaciones e inhumaciones, a excavaciones en busca de restos de extintos, y se rinden a homenajes las personas que murieron por una u otra causa. «Descanse en paz», se dice según quién se muere. «Dios le haya perdonado», se sentencia según quien fallece. Un matiz de los vivos, porque a los muertos ya poco les importa, que se sepa, ni podrán leer y confirmar o desmentir lo que se escriba sobre ellos.

«Dios le haya perdonado», se dice según quien fallece. Un matiz de los vivos, a los muertos ya poco les importa, que se sepa

En este país, título de otro artículo de Larra, «escribir es llorar», advirtió. Y hoy es un día en que muchas personas derramarán lágrimas por los seres queridos que ya no están. Otras, como escribió León Felipe, sentirán «este dolor de no tener ya lágrimas, este dolor de no tener ya llanto para regar el polvo». Es una noche y un día de platos típicos y simbólicos de la gastronomía fúnebre, como boniatos, castañas, panellets, callos con garbanzos, duelos y quebrantos, sopas, dulces y licores. Sin olvidar nunca a Todos los Santos en la fe de los creyentes. Ni las flores en los nichos. Que la vida sigue y ya concluyó Jaime Gil de Biedma que «envejecer, morir, es el único argumento de la obra». Tiempo de evocar elegías. Momentos de buscar un rincón de refugio para el consuelo y la esperanza. Tal vez en fotografías de un pasado feliz. Quizás en los papeles o en los buenos consejos que dejaron en la memoria los que se fueron. O en las estanterías que guardan los libros de poetas muertos. O en una música de réquiem.

«Rascayú, Rascayú, ¿cuando mueras qué harás tú?

Tú serás un cadáver nada más.», cantaba Bonet de San Pedro. Antonio Machín suplicaba: «Ya doblan las campanas. Se llevan a mi amor. Y en mi pecho hace nido a desesperación. Espérame en el cielo. Cariñito adorado.» Volviendo a Larra en 1836 y en 2019, los difuntos «viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y ésa la obedecen». Gustavo Adolfo Bécquer lamentó: «¡Qué solos se quedan los muertos!». Hoy están algo más acompañados. Y los vivos, en la lista de espera.

* Periodista. Con raíces familiares en la Terra Alta, Joaquim Roglan fue corresponsal en Ràdio Reus y cofundador de Informes-Ebre. Profesor universitario, ha trabajado en los principales medios de comunicación de Cataluña y ha escrito veinte libros. Vive retirado en L’Empordanet.

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