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Dinamarca baja impuestos

Pretenden moderar el alcance y el tamaño del estado de bienestar, muy apreciado por la gente

Antonio Papell

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Los pequeños países centroeuropeos tienen los mayores niveles de calidad de vida del mundo, y todos los miramos de reojo con inocultable envidia. En la actualidad, el primer ministro de Dinamarca, Lars Løkke Rasmussen, del partido de centro derecha Venstre, mantiene un gobierno en minoría con la Liberal Alliance (Alianza Liberal) y del Konservative Folkeparti (Partido Conservador), y sólo posee el apoyo de 53 diputados de los 179 del Parlamento, por lo que necesita el respaldo de los 37 diputados del Dansk Folkeparti (DF), un partido nacionalista, euroescéptico y antiinmigración, que rechazó integrarse en el ejecutivo ya que prefiere influir en él desde fuera.

Pues bien: el gobierno, con la tolerancia de la izquierda en la oposición, está introduciendo un cambio de orientación que reduzca su elevadísima presión fiscal –el IRPF es del 55,8%, uno de los más elevados del mundo; el tipo general del IVA alcanza el 25%, y el Impuesto de Sociedades es del 22%–, que pretende reducir la dependencia de los ciudadanos de los servicios sociales, con lo que se conseguiría hacer más atractivo el trabajo. Ello reduciría la escasez crónica de mano de obra y permitiría afrontar los futuros retos demográficos.

La reforma tiene su carga ideológica ya que pretende moderar el alcance y el tamaño del estado de bienestar, muy apreciado por la población pero considerado excesivo por un sector creciente de la opinión pública. «Queremos avanzar hacia una cultura en la cual la gente sea más independiente», ha explicado el ministro de Economía, Mikkelsen; «Queremos recompensar a quienes crean su propia empresa y brindarles mejores condiciones». Con esta rebaja de la presión fiscal –ha declarado el ministro de Hacienda, Jensen– «estamos aumentando los beneficios asociados con el trabajo, estamos haciendo que sea más atractivo trabajar más horas y estamos asegurando que vale más la pena ahorrar para la jubilación».

Es evidente que el experimento danés no sirve para España, donde el estado de bienestar está bajo mínimos tras la crisis, pero resulta estimulante observar cómo las democracias más avanzadas buscan equilibrios internos que concilien el dinamismo creativo de nuestras sociedades activas con unos servicios sociales potentes que proporcionen a los ciudadanos el preciado bien de la seguridad.

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