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¿Dónde está Europa?

El término ´Iberia´ es como se llamaban las tierras de los osetios en la época de los romanos
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Confieso que me había prometido escribir una tribuna y mandarla al Diari desde el “Hotel Europa” de Derbent.

No se preocupen si el nombre no les suena en absoluto. A mí tampoco, hasta hace poco. Sin embargo, Derbent está considerada la última ciudad y la más antigua de la Rusia (europea) y una de las más viejas de la Humanidad. Durante siglos constituyó un límite entre dos mundos. Desde el año 2003 forma parte de los lugares que son Patrimonio de la Humanidad, especialmente por su impresionante fortaleza construida en los tiempos de los sasánidas. Hoy día pertenece a la Federación Rusa y es la segunda ciudad de la República de Dagestán, cuya capital tiene el privilegio de haber sido elegida por un importante diario internacional hace un par de años como “la ciudad más peligrosa de Europa”.

En El Danubio, Claudio Magris emprende un viaje iniciativo para buscar la esencia de la civilización europea. Conforme va descendiendo, recorriendo el curso del río desde sus inicios en Alemania hasta su fin en el Mar Negro, se pregunta dónde empieza un mundo y dónde comienza otro, es decir, en qué lugar se encuentran las puertas de Asia.

Para el príncipe Metternich los Balcanes son Asia y Europa termina en la Rennweg, la calle que cruza Viena; pero también muchos años después para el escritor Caneti salir de Ruse (hoy en Bulgaria) y ascender por el río hasta Viena era trasladarse a Europa. Para otros, la curva del Danubio en que se une con el Sava en Belgrado marca un antes y un después. Pero a medida que descendemos podemos encontrar otros límites más lejanos hasta llegar a la actual Constanza en que el furor del emperador Augusto hizo exiliar al poeta Ovidio.

Al final Magris nos dice en palabras del gran poeta Hölderlin que “el Danubio es el viaje-encuentro de Oriente y Occidente, síntesis del Cáucaso y de Alemania”. Aunque el pensamiento de Claudio Magris es complejo parece tener claro que Asia empieza en el Cáucaso, siendo los Balcanes un lugar de encuentro y de mezcla en que se pueden permitir ciertas excepciones. Esta era también mi idea; pero realmente ahora como siempre es difícil definir Europa, que como el río de Magris de vez en cuando se nos retuerce y nos hace perdernos hasta el punto que los mapas empiezan a no servirnos para nada.

En estos días, tendemos a identificar Europa, aún a sabiendas que no es cierto, con una entidad política que inicialmente constituida por el llamado núcleo duro (Benelux, Francia y Alemania) ha ido poco a poco integrando a otros Estados del continente, incluso la mayoría de los Estados pertenecientes a la antigua órbita soviética. Pertenecer a esa Europa “politica” se ha convertido en una necesidad que aterra perder, como estamos viendo en el proceso catalán o incluso en los titubeos griegos. Y sin embargo, y lo sabemos, por mucho que nos empeñemos, hay otras Europas que están ahí y que no quieren pertenecer a la nuestra y que les va muy bien (como Suiza o Noruega), o que no se les deja o que la idea empieza a no atraerles (como Serbia o Turquía) o que lo tienen difícil (como Ucrania) o que están en otro juego completamente distinto y mucho más amplio (como la Federación Rusa).

E incluso el mismo límite geográfico que señalaba Magris al señalar el Caúcaso como el otro mundo distinto no es ahora seguro. ¿Dónde termina Europa? ¿En la fortaleza de los sasánidas de Derbent al final del Cáucaso?

Nunca llegué al “Hotel Europa” y no pude comprobar si era como en otro tiempo el mojón de la frontera. Pero al otro lado, en el lugar en que debería encontrarse Asia, se acaba en el “Café Paris” y en una ciudad (Bakú, la capital de Azerbaiyán) que acaba de celebrar los “I Juegos Europeos” como hacen recordar constantemente los taxis creados para tal evento. Esta inversión de las fronteras y de los límites, que nos hace volvernos locos, nos ocurre también en la costa del Mar Negro, en que el largo túnel que comunica Rusia con Georgia (en realidad con Osetia del Sur) se conoce con el nombre del “paso de Europa“.

E incluso si uno se olvida del tiempo y se queda con las palabras vería con curiosidad que el término Iberia es como se llamaban las tierras de los osetios en la época de los romanos y que nuestra Península ibérica tiene una clara conexión con el pueblo de los alanos originarios de esta zona.

Si han seguido hasta aquí estoy seguro que andarán algo perdidos, como yo en esta tribuna, pero en el fondo de eso se trata, de no tener las cosas tan claras que nos impidan ver otras realidades distintas que coexisten en nuestra Europa (física).

En realidad Europa, como el Polo Norte en su día, es y ha sido siempre, más que un lugar concreto, una idea. Una idea más parecida a la del Imperio Romano que a la que pretenden los políticos actuales.

En Gobustán, en el desierto azerí, un graffiti dejado por el centurión romano Julius Maximus de la época del Emperador Domiciano señala el límite de “su Europa”: para él, Roma, que seguramente nunca ha visitado ni lo hará, ha dejado de ser una ciudad y se ha convertido en una filosofía o en una política. Igual que ahora para los taxis de Bakú o para nosotros mismos.

El graffiti romano comparte territorio con los dibujos de hace más de doce mil años de otras civilizaciones ya pasadas y olvidadas, prueba de lo perecedero de las naciones, de los Estados y hasta de las propias ideas humanas. El lugar forma parte también del Patrimonio de la Humanidad.

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