Dónde estabas entonces

La provincia de Tarragona es la más peligrosa de Europa y debemos remontarnos a los años sesenta cuando el dinero corría con las oportunidades. Ha habido muertos, y esta sociedad consternada debe aguantar el duelo y buscar culpables para aliviar la pena. A la Química le echamos el guante para que convierta las leyendas urbanas en historias reales

Juan Ballester

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Dónde estabas entonces

Dónde estabas entonces

Hace seis años se planteó por enésima vez a qué destinar el Banco de España que sigue con las persianas como las dejaron quienes se fueron el tres de diciembre del año 2003. A pequeña escala tiene un aire al museo metropolitano de Nueva York y el concejal de Activación Económica, Xavier Tarrés, propuso crear un Museo de la Química, el primero de Europa.

Parecía una idea embarazosa, me imaginaba a los visitantes alrededor del recinto, en pleno corazón de Tarragona, con trajes de Chemprotex para protección química totalmente encapsulados. Pero viendo desde mi ventana convertirse el emblemático edificio academicista de 1927 en un insalubre palomar, se nos ocurre ponerlo en relación con la explosión del reactor que nos ha sacudido.

La provincia de Tarragona es la más peligrosa de Europa y debemos remontarnos a los años sesenta cuando el dinero corría con las oportunidades. A las presas que pusieron fecha de extinción al olvidado Delta del Ebro, debe añadirse que una sociedad americana investigó allí los únicos pozos petrolíferos españoles, uno de ellos (Chaparral) convertido en depósito de gas (Castor). La construcción de las centrales nucleares de Ascó y Vandellòs y los inicios del complejo petroquímico también proceden de entonces.

Los sajones miden con un índice llamado NIMBY –no metas más basura en mi patio trasero-, la capacidad de una población para explotar de indignación en función del riesgo en salubridad que corren sus habitantes y, transcurridos los años felices, estamos situados en el top ten mundial. Las industrias siguen generando mucho trabajo, las petroquímicas mantienen una extraordinaria relación con Tarragona, fomentan el bienestar de los vecinos y colaboran en proyectos humanitarios.

Toda esta área metropolitana en donde nunca se hace de noche sabe que hay un antes y un después del accidente del pasado martes. Nos une habitar en un lugar con bombillas y antorchas que no deja vivir a los búhos y, como sucede solo con los grandes acontecimientos generacionales, también preguntarnos ¿Dónde estabas tú cuando explotó la fábrica? ¿Lo escuchaste? ¿Te cayó cerca metralla? Retumbó el suelo hasta meterte la intranquilidad en el cuerpo.

Hace unos años informamos en estas páginas que la incineradora de Constantí se había ofrecido a recibir el gas sarín procedente de la guerra de Siria, pero nos quedamos sin saber si finalmente ganó el concurso. Florentino Pérez afirmó en el programa Salvados que el proyecto Castor creó una alarma que no se correspondía con la realidad, «que la gente se asustó por nada» y negó que hubiera más de quinientos terremotos.

El museo químico proyectado podría explicar la seguridad del complejo y también hacia donde se dirigen los vientos o los niveles de tolerancia a los gases. ¿Qué hay de cierto en eso que corre de que afecta a la calidad del semen o que, si explotara en cadena varios depósitos de ciertos productos, el área metropolitana se convertiría en un cráter de treinta kilómetros de diámetro? O imaginar escenarios apocalípticos si uno de esos proyectiles de tonelada que mató a Òscar Saladié, la primera víctima civil a quien debería estar dedicado, cayera sobre el tiovivo de la siempre alegre y feriada ciudad de Penitence.

Este accidente fatal va a tener que modificar al alza la Responsabilidad Social Corporativa o deber ético de una empresa de fomentar el lugar donde contamina. En la fórmula de la RSC están los riesgos humanos en relación con los beneficios empresariales y no es lo mismo estar expuesto a la inhalación de gases que recelar de que Tarragona pueda perder las tres primeras sílabas. Ahora, podríamos exigir un equipo de la Champions League, el pago aquí de todos sus impuestos o la modificación de la Ley de Sociedades para que los miércoles los directivos acudan al palco con sus familiares a modo de escudos humanos.

Para que no se burlen de ti, hay que reírse de uno mismo, y el miedo solo se alimenta en la duda. No es un tema baladí, el ecologismo de los nietos de aquellos emprendedores se abre paso con fuerza y se trataría de establecer entre la industria y la población una relación más clara y sincera. No se trata de venderse para aplaudir cuando venga a jugar el Bayern Munich, pero si ha de haber un después, el mejor museo sería un buen regalo que permanecerá cuando el complejo se vaya por la puerta grande que uso para entrar.

No tendría por qué ser un espacio aburrido, serio no es lo contrario de divertido y la química es mágica. Y, debidamente equipados, podría albergar en el sótano acorazado un laboratorio para pintar los humos del color de las nubes; tubos de ensayo para identificar mediante la inhalación los componentes químicos tóxicos o cancerígenos, e incluso, provocar pequeñas explosiones. Quien quiera que no vaya, la verdad probablemente heriría la sensibilidad del resignado habitante y dicen que desencadenaría una alarma innecesaria. Pero el conocimiento es lo único que nos puede salvar de la sensación de desprecio.

Ha habido muertos, y esta sociedad consternada debe aguantar el duelo y buscar culpables para aliviar la pena. A la Química le echamos el guante para que convierta las leyendas urbanas en historias reales, y al Ayuntamiento le clamamos que mande una brigada a cerrar las persianas para que el respeto de los demás empiece por el propio.

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