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Dress to impress

Rafael Servent

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La invitación a la juerga noctámbula de bienvenida que la gente del Mobile World Congress ha organizado para la semana que viene en Barcelona lo deja claro: «Dress code: Dress to impress» (‘vestimenta: viste para impresionar’). Todo un reto en una sociedad cada vez menos impresionable. Porque si lo que nos impresiona acaba siendo la vestimenta, entonces vamos mal. ¿Recuerdan a Aylan? El niño de tres años que vestía como nuestros niños, sí. El de la playa. Con su camiseta roja y sus panlalones azules. Vestido para impresionar. Pues eso.

Insensibilizados, endurecidos, pocas cosas nos impresionan ya. Es algo objetivo. Lo contaron hace pocos días Alberto Betella y Paul Verschure, investigadores de la Universitat Pompeu Fabra, al presentarnos su nueva herramienta para medir estados emocionales en tiempo real, denominada The Affective Slider. Con ella nos han demostrado que imágenes que en los años noventa del siglo pasado eran consideradas altamente excitantes (y que trataban desde la violencia hasta el sexo), hoy han perdido mucho de su poder de impacto sobre nosotros.

Impresionar en tiempos de selfies. Hace no tantos años, el riesgo de caer en ‘la mirada de los mil metros’ (expresión popular para el síndrome de estrés post-traumático de los soldados, acuñada tras una ilustración publicada por la revista Life en 1945), era coto de quienes habían vivido una guerra o ejercían profesiones en las que había que hacer de tripas corazón. Hoy, nuestra sociedad entera tiene la mirada de los mil metros. Una sociedad a la que apenas le impresiona la ropa.

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