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El BCE rebaja el optimismo

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Después de varios meses de optimismo económico en la Eurozona, que en España han sido de verdadera euforia y que ha permitido a Grecia subirse de nuevo al carro comunitario, el BCE ha lanzado un primer aviso de precaución. Su presidente, Mario Draghi, aseguró el jueves pasado que la recuperación económica «continuará, pero será más débil» por la ralentización de las economías emergentes y la caída del precio del petróleo. Por ello, en su reunión de septiembre, el banco central ha decidido revisar a la baja las previsiones de crecimiento e inflación, al tiempo que elevaba el porcentaje máximo que la institución puede adquirir de cada emisión de bonos en el marco de su política expansiva, que está permitiendo a la zona euro salir de la atonía. Las bolsas ya se lo han agradecido. No hay razones para la alarma pero este toque de atención de la autoridad monetaria debería servir aquí para recordarnos que nuestro crecimiento, aunque intenso, es rudimentario y se basa en obsoletas actividades tradicionales y en la demanda interna. No ha habido el menor gesto encaminado a modernizar el modelo de desarrollo, a orientarlo hacia actividades de mayor valor añadido menos sensibles a la coyuntura, de invertir en formación para conseguir productividad y, de paso, sacar del ostracismo a millones de parados que no volverán a trabajar si no es a través de políticas activas que los reciclen. Sería bueno reflexionar sobre las medidas que nos faltan.

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