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El Estado es Europa

Los que se oponen a las cesiones de soberanía se parecen en todas partes

Francesc Trillas

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Los distintos actores políticos e institucionales que actúan en el debate sobre las cuestiones colectivas en España, incluyendo Cataluña, todavía hablan o escriben sin hacerse a la idea del gran cambio que supone, y que seguirá suponiendo, el proyecto de integración europea. Por ejemplo, uno de los detenidos por los atentados en Barcelona fue puesto en libertad bajo la condición de que no podía abandonar el «territorio nacional». Cómo se compagina eso con el hecho de que gracias a la Unión Europea hoy podemos cruzar de España a Portugal o a Francia sin mostrarle ningún documento a nadie, debido a la libre circulación de personas y al Tratado de Schengen, es toda una incógnita. 

Qué sentido tiene que una persona de Ripoll sea libre de ir a Finisterre pero no a Fontromeu y cómo se va a controlar esta restricción, es para mí un misterio. Si hoy la moneda es común y si hay libertad de circulación de personas, quiere decir que dos instrumentos tradicionales fundamentales de la soberanía nacional, como son la moneda y el control territorial de las fronteras, hoy ya no existen, o se ejercen a otro nivel, el europeo. Las personas, incluidos los terroristas, se pueden mover libremente en el territorio europeo. Se deduce de ello que cualquier política, actuación policial o decisión de las autoridades judiciales, debe producirse en este ámbito o por lo menos tenerlo en cuenta. El velo de la ignorancia europea afecta tanto al gobierno español como al gobierno catalán. En el caso del gobierno español, se refleja en la torpeza argumental en anteponer a los intentos sediciosos del independentismo catalán la defensa de la «soberanía nacional», cuando ésta ya no existe. Y en la reticencia a utilizar más la simbología y el poder de la Unión Europea que ostenta (de forma compartida) el gobierno español. 

Si la Generalitat es Estado, el Estado es Europa, porque Europa es una construcción que de momento es obra de la cesión de soberanía de sus estados miembros, y estos son sus accionistas. Es incomprensible para mí que en la comparecencia conjunta entre Rajoy y Puigdemont no hubiera una bandera europea (aunque sí la hubo en otras comparecencias del gobierno español en solitario), o que las administraciones españolas no facilitaran una presencia más fuerte de la Comisión Europea y de las ciudades y gobiernos europeos en los actos y manifestaciones de condolencia que se sucedieron tras los atentados, entre cuyas víctimas había personas de más de 30 nacionalidades. En cuanto al gobierno catalán y a los principales líderes independentistas, es obvio a estas alturas que no han entendido nada del proyecto europeo. La CUP sí lo ha entendido, y no le gusta: es eurofóbica. El resto de líderes independentistas se supone que quieren que Cataluña esté en la Unión Europea y a la vez saltarse a la torera lo que debe ser un Estado de derecho y su división de poderes. Quieren separarse de España comportándose como el actual gobierno polaca (bajo la lupa de las instituciones europeas) pero volver a juntarse con ella en una Europa más unida, sin darse cuenta que estamos en Europa precisamente porque la UE ha reconocido a España como miembro de pleno derecho tras una serie de exámenes y acuerdos que una hipotética Cataluña independiente tardaría mucho tiempo en superar o alcanzar. 

Los independentistas que no son de la CUP pretenden desconectar de España sin desconectar de Europa y sin reconocer que España es parte fundamental de Europa. Esto se manifiesta en múltiples ejemplos, pero basten dos. Uno es la ley de transitoriedad, que da por sentado implícita o explícitamente que una nueva Cataluña independiente tendría acuerdos sobre moneda, seguridad social, nacionalidades, deuda, etc. tanto con España como con la UE, cuando a un estado soberano con bombas nucleares y herencia imperial como el Reino Unido le está costando ya años negociar un nuevo estatus en la Unión tras el referéndum del Brexit. 

Otro ejemplo (bien explicado por Fernando Reinares) es la necesaria coordinación policial: los Mossos d’Esquadra pretenden coordinarse con la UE sin pasar por España, cuando la seguridad de Cataluña depende totalmente de lo que le ocurra a sus vecinos y cuando la UE reconoce como interlocutor a España y lo que ella decida, de nuevo porque el Estado español es Europa, del mismo modo que cada vez más Europa se parece más a un Estado y muchos queremos que sea así cada vez más. Los problemas de seguridad en cualquier parte de nuestra geografía tienen alcance europeo e internacional, y sólo se resolverán en el marco de una Europa más integrada que disponga de una institución europea equiparable al FBI, cuya F es la inicial de Federal. 
El debate no es entre independentistas y no independentistas, o no debería serlo, sino entre federalistas (europeos, incluyendo españoles) y no federalistas. Cuando se hable más de «no federalistas» que de «no independentistas», se habrá acabado el «procés» en Cataluña. Los que se oponen a las cesiones de soberanía se parecen en todas partes, como explica Antón Costas: «Como pasa en otros países, el neo-nacionalismo catalán está experimentando con los límites de la democracia liberal, del Estado de derecho, de la pertenencia a la UE y al euro. Los márgenes son más estrechos de lo que los independentistas pretenden. Pero, en todo caso, el límite lo pondrán los ciudadanos en sucesivas elecciones». Si los capitales, las mercancías y las personas se pueden mover libremente, el ámbito de nuestra solidaridad, nuestro demos, nuestro sujeto político es Europa. Si los ciudadanos y ciudadanas de la clase trabajadora no nos federamos, no seremos soberanos.

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