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El Islam en su encrucijada

El número de terroristas islamistas es minúsculo en comparación con el total de los creyentes
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Los recientes atentados de París, en los que han muerto veinte personas (incluyendo los tres terroristas), vuelven a replantear cuál es la conexión, si es que la hay, entre Islam y violencia.

La tragedia parisina podemos añadirla a una lista de infamias donde recientemente figuran, entre otras, el degollamiento ante las cámaras de video de rehenes occidentales (periodistas y cooperantes, sobre todo), los 132 niños pakistaníes asesinados por los Talibanes en un ataque a su escuela (en la que estudiaban muchos hijos de militares), o los cientos –quizás miles- de personas asesinadas en la localidad de Baga (Nigeria) por Boko Haram.

La vinculación de tales actos con el Islam parece clara, por una razón evidente: son los propios terroristas quienes proclaman su pulsión religiosa. ‘Ala es grande’ gritaron los hermanos Kouachi al asesinar a los periodistas de Charlie Hebdo. Por su parte, Al Qaeda divide el mundo entre fieles e infieles. Y el criminal Estado Islámico se autoproclama… pues eso, islámico.

Pero la cuestión no es tan sencilla. En este punto, y siguiendo lo dicho en esta Tribuna por mi amigo Alfredo Álvarez Alcolea, es oportuno evitar la sinécdoque: esto es, no hemos de tomar la parte (un puñado de asesinos) por el todo (un inmenso conjunto de individuos que quieren la paz tanto como usted o como yo).

El Islam es la religión de unos mil ochocientos millones de fieles, mayoritaria en países que van desde la costa atlántica de Mauritania hasta las miles de islas indonesias, desde algunas repúblicas ex soviéticas hasta Malí o el norte de Nigeria. Un país es distinto de otro, y, dentro de un país, cada persona tiene sus criterios propios. El número de terroristas, o el de las personas que los apoyan decididamente, es minúsculo en comparación con el total de los creyentes. Por tanto, es más correcto hablar de concretos criminales religiosamente fanatizados que de un supuesto choque de civilizaciones en el que todos, musulmanes y occidentales, estaríamos inexorablemente involucrados.

¿Así de fácil? ¿Problema resuelto? No, claro que no.

En los países islámicos, y en diferente grado según los casos (por ejemplo, no es lo mismo Arabia Saudí que Túnez), el conjunto de valores que comparten sus ciudadanos puede no ser coincidente con los valores asumidos por los ciudadanos de los países occidentales.

Tomemos el caso de Pakistán. Jason Burke, un periodista británico que trabaja en ‘The Guardian’, es un buen conocedor del país. Tras hablar con la gente y departir con los jóvenes en las universidades (ellas tapadas, ellos con barbas) concluye que el conservadurismo religioso está aumentando, de modo que los valores que hace cuarenta o cincuenta años se consideraban de extrema derecha ahora son los valores dominantes, los que se aceptan sin discusión por personas corrientes que se consideran moderadas.

Una encuesta de ‘Pew Research’, de finales de primavera de 2010, nos muestra que el 85 % de los pakistaníes apoyan la segregación de hombres y mujeres en el trabajo. El 83 % está a favor del apedreamiento de los adúlteros. El 78 % de la pena de muerte para los apóstatas. El 80 % apoya azotar a los ladrones o amputarles las manos. Y nueve de cada diez estiman positivo que el Islam juegue un papel importante en la vida política del país (por tanto, nada de separación entre Iglesia y Estado). Los datos transcritos están tomados de su libro ‘The 9/11 Wars’, página 462.

Me temo que el pakistaní de a pie de calle está más por la Sharía que por la Ilustración.

Insisto en que cada país tiene su idiosincrasia, y aquí me he limitado a un ejemplo relevante, a un coloso demográfico que roza los 190 millones de habitantes y que es el único país musulmán con arsenal atómico.

Volvamos a casa y echemos un vistazo. ¿Qué pensamos los ciudadanos de los países occidentales? ‘The Economist’, en su edición digital de 7 de enero de 2015, publica los resultados de diversas encuestas sobre cómo percibimos el Islam. Ante la pregunta de si el Islam es compatible con Occidente el país que responde de forma más negativa es, precisamente, España, con más de un 60 % de ‘noes’. La respuesta negativa en Suiza, Alemania oriental y Francia excede del 50 %. Alemania occidental, Suecia y Gran Bretaña se aproximan al 50 % de ‘noes’.

Además, los ciudadanos europeos percibimos entre nosotros más musulmanes de los que realmente hay. Según la misma fuente, en Francia los musulmanes son el 7,75 % pero los ciudadanos creen que lo son el 31 % de sus compatriotas; en España las cifras son, respectivamente, el 2 % (real) y el 16 % (percibido). Revelador.

En cuanto a los emigrantes, parece que el multiculturalismo, esto es, mantener a cada comunidad aislada de las otras y regida por sus propias normas, no produce el resultado que parecería deseable: la integración.

La identidad de cada persona idealmente no debería estar fijada, o no de forma prioritaria, por la religión, la cultura de origen o la etnia, sino por el voluntario deseo de formar parte de una ciudadanía cuyo espacio público se define en términos legales y territoriales, y que está inspirada por unos valores ilustrados, liberales, que voluntariamente se aceptan y comparten.

¿Es injusto pedir al emigrante que acepte las normas y valores del país de acogida? No, responde el filósofo inglés Roger Scruton: si el emigrante viene es porque espera un beneficio, luego es razonable recordarle que su ganancia tiene un coste. Un coste, integrarse, que realmente es una segunda ganancia.

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