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El PSOE juega al suicidio

La entrevista secreta de la 'nomenklatura' socialista con Pablo Iglesias fue un disparate
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La crisis económica, que aquí tuvo especial incidencia por la frivolidad de las políticas económicas anteriores al ‘crash’ global que habían engendrado una gran y peligrosa burbuja inmobiliaria, ha desacreditado a los grandes partidos políticos, que no han sido capaces de marcar una estrategia incruenta de salida y que han tenido finalmente que plegarse a la exigencia comunitaria de un colosal ajuste que ha generado un insoportable desempleo y ha pesado cuarteado el estado de bienestar. Por añadidura, la corrupción, que ha puesto de manifiesto cómo personajes desaprensivos de la política y las instituciones se habían enriquecido hasta la náusea mientras el país se desangraba, ha terminado de arrojar lodo sobre el sistema establecido.

Esta situación, que dio lugar a las grandes y expresivas protestas del 15-M de 2011 y al movimiento de los indignados, puso también de manifiesto la insuficiente capacidad de representación de unos partidos políticos anquilosados, endogámicos, carcomidos por la corrupción, cerrados a la sociedad e incapaces de conectar eficazmente con ella. El posterior surgimiento de ‘Podemos’ fue la consecuencia de aquella impotencia, de la búsqueda por los sectores sociales más inquietos de nuevos instrumentos de acción política y de nuevas vías de participación.

Algunas formaciones políticas clásicas, conscientes de lo que estaba pasando, han intentado atacar las causas de la desafección y congraciarse con una opinión pública que ya rechazaba abiertamente el esquema cuasi bipartidista que ha estructurado el sistema político desde la Transición. El PSOE, en concreto, ha llevado a cabo una intensa renovación que, entre otras medidas, ha forzado las elecciones primarias -entre toda la militancia- para la elección de los cargos orgánicos y las primarias abiertas -con participación también de los simpatizantes- para la designación de los candidatos del partido a las instituciones. De la aplicación de este modelo surgió la actual dirección, encabezada por Pedro Sánchez, quien ganó holgadamente unas primarias frente a dos contendientes y fue ratificado en un congreso posterior el pasado julio. Hace, pues, apenas seis meses.

El nuevo secretario general, ungido por esta nueva legitimidad que le ha proporcionado el impecable sistema electivo implantado en el partido socialista, ha comenzado a asentarse en la organización con progresiva solvencia: ha actuado con dureza contra todos los rastros de corrupción, ha celebrado o convocado primarias para la provisión de todos los cargos electivos de los futuros procesos electorales, ha puesto en marcha una intensa labor de comunicación con las bases y con la sociedad civil. Y las encuestas, aunque no han anunciado todavía la plena recuperación de un PSOE que partía de muy abajo, parecen sugerir que esta renovación contiene suficientes elementos para sustentar la ilusión y la esperanza en el seno de la organización.

Pues bien: este proceso de recuperación del hoy principal partido de la oposición (partido de gobierno en la legislatura anterior) puede frustrarse por la frivolidad de algunos miembros de la vieja guardia y por la ambición desenfrenada de otros jóvenes socialistas que han decidido desgastar al nuevo líder para abrir camino a sus propias ambiciones. La entrevista secreta de miembros de la nomenklatura socialista con Pablo Iglesias y las muestras de impaciencia de la presidenta de Andalucía, adulada por sectores socialistas que no apoyaron a Pedro Sánchez, son hitos de un disparate que está a punto de frustrar el renacimiento de la gran fuerza de centro-izquierda. A medio camino entre la frivolidad y la indignidad, estos movimientos suicidas dan la razón a quienes denuestan a los viejos partidos y propugnan la ruptura con el vigente sistema constitucional.

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