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El Rey, el emérito, la monarquía y sus ciudadanis desalmados

Como nunca he sido monárquico no puedo considerarme en el grupo de «asquerosos traidores». He sido ‘juancarlista’

ALBERTO REIG

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Manuel Giménez es uno de tantos o tan pocos periodistas independientes de este país al que escucho y leo siempre por eso con atención. Ha gritado vehementemente «¡Viva don Juan Carlos de Borbón! ¡Viva mi rey!». Apoyo irrestricto al padre y al hijo, pues. Se puede ser monárquico, pero lo del viva al emérito tiene delito a estas alturas del curso. Como me he sentido particularmente insultado con lo que dice en su cerrada defensa de tan cándida (presunta) paloma, aun al borde de la jubilación me he decidido a responderle pues, el asunto, va más allá de una simple opinión que, como tópicamente dicen los ignorantes, sería tan respetable como la mía. De eso nada. Él es tan respetable como yo y como cualquier otro ciudadano, y punto. Y respecto a las opiniones de cada cual, se someten a discusión pública y que cada palo aguante su vela. 

¿Habría encima que pedir perdón al emérito por haber vivido como un maharajá?

Ya estamos con el mantra de ‘la campaña’ oculta y maliciosa en cuanto no se dice o se actúa como yo quiero. Pujol, los ERE, los vítores y homenajes a asesinos, «dar bola a los golpistas» (catalanes) -dice-, contradiciendo al cazador de elefantes que tanto defiende y dijo que «todos somos iguales ante la ley», los ataques infundados al Jefe del Estado y cuanto más quiera añadir, me parecen tan criticables como a él. Agarrarse a «la presunción de inocencia» que es un afortunado principio ya tópico que defendemos todos los demócratas coherentes (son las reglas de todo Estado democrático), y llenarnos la boca con ella incluso cuando se coge al violador y asesino con el puñal en la mano y el cadáver de la víctima a sus pies chorreando sangre o te cogen con las manos en la masa (nunca mejor dicho), para defender a capa y espada la inocencia (presunta) del sujeto en cuestión, me parece una manifestación tan hipócrita como intolerable que desconcierta y hastía al ciudadano más templado que, ciertamente, no dará nunca vítores a una «barragana de altos vuelos» y a un «excomisario extorsionador» y corrupto. 

Como nunca he sido monárquico no puedo considerarme inserto en el grupo de «asquerosos traidores». He sido ‘juancarlista’ como millones de ciudadanos españoles y como he escrito alabando el papel de Juan Carlos durante la transición y su decisiva actuación en el 23-F, pese a su condición de boquirroto que hizo dudar a tanto militar golpista, no necesito mayores justificaciones para decir lo que estoy diciendo. 
Yo le estaría muy agradecido al «demérito» su intermediación para conseguir contratos jugosos para empresas españolas si lo hubiera hecho gratis et amore. «¡Todo por la Patria!», ¿no?, como correspondería a un monarca decente, pero resulta que ponía el cazo y se cobraba el patriotismo en abundante oro solido o negro líquido a tanto por barril importado de Arabía Saudí… y cuando algún ministro sugería comprarlo a Kuwait que salía más barato, se le decía que no era posible pues perjudicaría a nuestro gran comisionista patriótico. Se ha llevado por la cara unos cuantos millones ilícitos. 

De ser exculpado, la Justicia añadiría con ello otra página oscura a su trayectoria

Al igual que Pujol, ambos monarcas, además, consideraban que eso de pagar impuestos en España por sus latrocinios no era coherente y, puestos a robar, había que hacerlo con todas sus consecuencias. Esto no es «cotorreo de chantajista y cortesana» sino simples reflexiones al alcance de cualquier ciudadano mínimamente informado. Ya lanzado nuestro defensor de causas perdidas nos dice que si «se probara que el rey emérito ha cometido algún delito, bien estará que se le castigue porque me consta que él es el primero que así lo desea. Pero, si no es así, si la justicia lo declara inocente, ¿se retractarán quienes ahora lo acusan?» Yo, desde luego, no. ¿Así que a su condición sádica probada humillando desde el primer instante a una reina que ha cumplido bien y con discreción su papel, habría ahora que añadir la masoquista de desear ser castigado por haber sido un niño malo y desmedidamente ambicioso trayéndose de Suiza maletines llenos de fajos de billetes como los demás nos traemos chocolatinas o un reloj de cuco? Aún habrá que aplaudirle.

¿Habría encima que pedirle perdón por haber vivido como un maharajá a costa de tantos millones de trabajadores honrados que cumplen escrupulosamente con sus responsabilidades laborales y pagan sus impuestos? De ser exculpado la Justicia añadiría con ello otra página oscura a su trayectoria que debe ser aparte de ciega intachable. Así que ¿toda crítica al intocable (¿?) que no «pedrada», es ganas de cargarse «el espíritu de la transición», «dar por enterrada nuestra convivencia y a que asesinos, mediocres y canallas se hagan con las riendas del Estado»? A toda esta sarta de insensateces producto sin duda de una mala noche o una mala digestión, añade nuestro inspirado abogado defensor que: «Es el tiempo de los enanos, de los cobardes, de los miserables» si no salimos al paso firmando una carta conjunta defendiendo su papel en la historia. 

Jordi Pujol y Juan Carlos I consideraban que eso de pagar impuestos en España por sus latrocinios no era coherente 

No se preocupe, amigo, que los historiadores ya se ocupan y se ocuparán de hacer bien su trabajo. Ocúpese usted de cumplir con el suyo. Por si no fuera bastante remacha la faena diciendo: «Suceda lo que suceda, Don Juan Carlos siempre me tendrá a sus órdenes, como no puede ser de otra forma». 

No cabe duda de que los mayores enemigos de la Monarquía son los propios monárquicos. 

Yo que no lo soy y no tengo el más mínimo interés en desestabilizar mi país, sino todo lo contrario, y tampoco la Jefatura del Estado que ostenta Felipe VI, le recomendaría a éste de ciudadano a ciudadano, que si quiere reafirmar la institución que encarna y que su admirado padre  tanto viene haciendo desde hace demasiados años por desprestigiarla y hundirla, y teme por el futuro laboral de su hija heredera y demás familia, empiece por entregar la partida correspondiente a su padre que se ha reservado para él (¿?) al Gobierno para que la destine a usos sociales con las personas más desamparadas y golpeadas por la crisis y le diga a su padre que se vaya allá lejos… «donde habite el olvido» y deje de ser de modo absoluto una carga para el erario, y que él haga una declaración oficial repudiando el comportamiento de su Señor padre por mucho que le duela hacerla. 

A ver si es verdad que se ha aprendido bien la lección y actúa en consonancia con que su cargo se lo tiene que estar ganando día a día con el respeto y beneplácito de sus ciudadanos.

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