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El Rolls-Royce de Vicente

Cada tarde se vestía de punta en blanco y subía en su Rolls-Royce para ir al casino de Montecarlo

Juan Ballester

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Este año se celebra el ciento cincuenta aniversario del nacimiento en una trastienda de un niño en la calle antiguamente llamada Jabonería Nueva. Cuando su madre lo alumbró y se fundió su sangre aragonesa con la pólvora valenciana, debió salir espuma del terremoto. Y ahora que los pueblos necesitan héroes, Valencia se va a volcar con la recuperación de la figura controvertida de Vicente Blasco-Ibáñez, un ser humano extraordinario que mejor que no levante la cabeza.

Podríamos describirlo como una especie entre Rita Barberá y Pablo Iglesias: de la primera toma que fundó una doctrina en Valencia y fue diputado durante cinco legislaturas consecutivas; y del segundo que era un populista acusado de demagogo que se diferenciaba de Podemos en que no basaba su fuerza en el victimismo, sino que enardecía a los parias para que lucharan y salieran de la pobreza. Se diferencia de ambos en que pasó la primera mitad de su vida retándose en duelo, escribiendo artículos durísimos contra el dictador Primo de Rivera y el monarca borbón, escondiéndose de la policía o ingresando, treinta veces, en prisión.

Su vida fue su mejor novela con dos capítulos separados por un paseo en la Playa de la Malvarrosa con el pintor Joaquín Sorolla que caminaba a su lado sin saber que aquellas dos figuras, con su luz y su relato, eran las dos piernas de Valencia. La primera parte ya se la he contado, amado por su padre que le avalaba en sus negocios editoriales, vitalista, magnético, mujeriego y pendenciero, le salvó la vida la hebilla del cinturón en un duelo con un teniente de la Guardia Civil al que le dio con el guante tras una manifestación. Un trueno eléctrico de trayectoria impredecible capaz de embarcarse con unos narcotraficantes hasta Argel para documentar la novela Flor de Mayo.

Cuando sufrió un atentado, su amigo de la infancia le recomendó que dejara la política para escribir y así comenzó la vie en rose con su antigua amante chilena en la Fontana Rosa, una mansión en la Riviera francesa. Era los felices años veinte y todo había comenzado cuando mucho antes se convirtió en un novelista de éxito mundial. Para hacerse una idea de su predicamento, podríamos destacar que su novela Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis vendió dos millones de ejemplares, que fue la obra más leída tras la Biblia, que en una encuesta mundial fue el escogido el segundo novelista más conocido después de Wells o que sus novelas eran inmediatamente llevadas al cine por Hollywood y representadas por Greta Garbo o Rodolfo Valentino. Pero lo que más me ha sorprendido indagando en su biografía ha sido descubrir que esa obra fue escrita por encargo del Presidente de la República francesa como novela ideológica para que tomara partido por el bando aliado cuando estalló la Primera Guerra Mundial.

Hace unos meses, en una tertulia con famosos novelistas y prescriptores literarios, se preguntaban si algún gran escritor español había conseguido vivir de la literatura y no encontraban a Blasco Ibáñez, al que le hizo multimillonario. Y ya podían buscarlo porque su figura fue sepultada durante el franquismo y tampoco hubo mucha gente después con ganas de exhumar el cadáver. No lo querían los de derechas porque era republicano, los de izquierdas porque era regionalista y los de su generación del ‘98 nunca lo consideraron uno de los nuestros. No queda muy bien alardear de que es el mejor novelista español que compraran con Zola, ya que tiene la desgracia de ser el inventor del best-seller con el doble sentido de la palabra entre novela de mucha venta y calidad discutible.

Salvo Azorín, lo repudiaron porque eran tan míseros que tenían derecho a recoger las monedas que dejaban de propina en los bares de sus tertulias. Yo no voy a valorar sus obras, pero sus novelas valencianas del mar, la ciudad, la huerta o la Albufera, coloristas, fatalistas y luminosas, representan de tal forma a los valencianos, como a la luminosidad de Valencia los cuadros de Sorolla.

Cada tarde se vestía de punta en blanco y subía en su Rolls-Royce dirigiéndose por la Costa Azul hacia el casino de Montecarlo. En su obra Arroz y Tartana –y el mundo sigue rodando a la valenciana– retrata nuestra fanfarronería y, después de jugarse los cuartos, se codeaba con la crème de la crème del Charleston. El día que murió en Mentón con sesenta y un años, Valle-Inclán inventó el libelo necrológico que se caracteriza por ciscarte en la memoria de alguien antes de que se haga indeleble por la sepultura. Dijo: pura publicidad, pero podría haber dicho ¿cómo puede alguien perdonarle?

Nos enseñó que Valencia no es una pobre mujer que tiene dos opciones, abrazarse a Castilla o meterle cuernos con Cataluña. Jamás se sintió tal orgullo como con él, tuvo gran predicamento en Estados Unidos, fue condecorado por Francia y profeta en su tierra donde tuvo el mayor entierro a la Federica jamás celebrado. El número de fieles que lo despidieron no se veía desde que otro Vicente salía en su asno a predicar en valenciano por toda Europa (san Vicente Ferrer obró ochocientos milagros con el dedo índice, el ditet) y se quitaba las alpargatas sacudiéndoles el polvo para que no le quedara impregnado nada del mal talante de los valencianos.

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