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El acuerdo

Derribar los muros que jamás debieron construirse es motivo de júbilo
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Hace falta tener mucha memoria para olvidarse de todo, en especial de los errores. En el día jubiloso en el que Estados Unidos y Cuba entierran la Guerra Fría, siguen ardiendo otras cosas. No sé si darle la enhorabuena a mi amigo Pepe Legrá, al que bauticé como ‘El puma de Baracoa’ cuando impuso el crochet largo de derecha, que aplicaba en la carótida de sus adversarios, o darle el pésame a mi amigo Eduardo Torres Dulce. Todo es un ring, pero los árbitros son más neutrales en el prado de lona y resina que en los resbaladizos territorios enmoquetados. A Legrá le quitaron la patria y a Eduardo le hicieron imposible mejorar la suya. Vaya por los dos. Uno se acordaba de Guanabacoa la bella, con sus murallas de guano, y otro de los áridos artículos del Código, ya que creía que eran iguales para todos.

Olvidaremos el memorable discurso de Obama, ofreciendo nuevas relaciones y hablando de libertad a los cercados. Ha sido una victoria del papa Francisco, que sigue siendo, al margen de cualquier creencia, la única jerarquía inerme. Aquí andamos distraídos con otras cosas, como esos insectos suicidas que atrae la luz, mientras Susana Díaz se disgusta cada vez más con Pedro Sánchez, que no puede mentir más que habla, ya que está hablando siempre.

Derribar los muros que jamás debieron construirse es motivo de júbilo, pero hay que ocuparse de los escombros. ¿Cómo se resarce al pueblo cubano de su sufrimiento? El presidente de la nación más poderosa del mundo reconoce que el embargo ha fracasado. Fue un error, al que siguieron muchos horrores, pero ha sido necesario que transcurriera un cuarto de siglo desde la caída del Muro de Berlín para restablecer relaciones diplomáticas con lo que queda de familia Castro y abrir una nueva embajada en La Habana. «Tristes armas, si no son las palabras». Lo dijo el gran Miguel Hernández, que quizá hubiera combatido en Sierra Maestra, cuando Fidel tenía razón.

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