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El adiós sin pañuelo

Suspender la vía independentista no suspende el deseo de independencia

Manuel Alcántara

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El Tribunal Constitucional ha acordado por unanimidad, como si fuera un sólo hombre, suspender la resolución adoptada por el Parlament que diseña la hoja de ruta para la ruptura con España. ¡Así no vale, porque hay que consultar a todos los españoles! Para saber si es verdad eso habría que saber qué es la verdad y en qué pozo se esconde por si vale la pena buscarla. Suspender la vía independentista no equivale a suspender el deseo de independencia, más bien a estimularlo, pero ¿qué otra cosa puede hacer el Gobierno en funciones? Quien quiere irse se acaba yendo, como la mujer loca de las coplas flamencas, ya que no hay quien la sujete y desgracia al que la toca. La muy sensata Cataluña lo lleva pensando mucho tiempo, pero ha elegido el más inoportuno para los que seguimos queriéndola a pesar de todo y para los que reprueban de ella algunas cosas, como el egoísmo y esa forma de superioridad que se convierte en desdén. Ya Ortega, que quizá no acertara en todo pero pensó en todo, dijo que el problema catalán había que «sobrellevarlo», pero ahora Carme Forcadell quiere llevarlo sola. Allá ella y allá nosotros, que somos incapaces de pactar aunque la Unión Europea nos amenace con multas de miles de millones si llega octubre sin Presupuestos.

La incapacidad para unirse quienes piensan de distinto modo sólo tiene una explicación: que no piensan tampoco por separado. No nos sirve el ejemplo de los musulmanes y de los católicos que se han juntado en varias ciudades europeas para reprobar la barbarie terrorista y el degüello de un anciano sacerdote a cargo del ISIS. Personalmente descreo de la eficacia de la oración ante la sequía, ¿cómo voy a confiar en que los cánticos de musulmanes y católicos interrumpan el odio? Ya sé que lo más curioso de los milagros es que ocurren, porque creo en Chesterton, aunque cada vez menos, esa es la verdad. La única.

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