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El agujero

Hablar en agosto de los presupuestos puede hacer subir los termómetros

Manuel Alcántara

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Antes no se veía nada y ahora podemos ver el mundo por un boquete. Es imposible no alegrarse cuando se aleja la tristeza, que es como una humedad que empaña las paredes del alma y deja chorreando nuestro armario íntimo. Albert Rivera sigue diciéndole que ‘no’ a Rajoy, que acumula una gran colección de negativas, pero ha abierto una vía de negociación por donde pueden entrar y salir con holgura los que no tengan una conciencia demasiado estrecha. Están contentos en Moncloa todos los que antes estaban deprimidos y no porque hayan descubierto los científicos norteamericanos las bases genéticas de la depresión, que al parecer afecta a 350 millones de personas en el mundo, sino porque han descubierto «lo triste que es estar triste», cosa que ya sabían los poetas decadentes y similares.

Hablar en agosto sobre los presupuestos y el techo de gasto puede hacer subir los termómetros, pero basta con no hacerle caso al mercurio, que fue en tiempos considerado un mensajero de los dioses, antes de que lo encerráramos en el presidio vertical de los termómetros. Ahora parece que se ha abierto un boquete en la incomunicación de nuestros políticos y están dispuestos a hablar entre ellos, en vez de seguir asestándonos discursos a los demás. Siempre hay que creer eso de que «hablando se entiende la gente», pero a veces cuesta creer que algunos de nuestros políticos pertenezcan al género humano. -¿Hablamos como caballeros o como lo que somos? Es esperanzador que ellos mismos se hayan planteado esa opción. Se ha abierto una rendija y desde ella podemos contemplar un panorama distinto. No es más que un agujero, pero estrechándonos un poco más podemos caber todos o casi todos. Rajoy y Rivera han abierto una nueva sociedad limitada. No se debe obligar a nadie a que participe. Si acaso se le puede rogar que no estorbe hasta que pase este momento y vengan otros.

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