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El castillo de Vilches

Para Ibn Jaldún la derrota no es otra que haber perdido el arte de hablar con el enemigo

Martín Garrido Melero

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Subo con mi prima no demasiado temprano al cementerio. Últimamente uno frecuenta esos lugares. Hasta un amigo perdido me ha regalado en nuestro reencuentro una edición muy cuidada sobre el arte moderno de los cementerios. La mirada se deja caer sobre nombres, edades y dedicatorias. Las hay de todo tipo, incluso existen algunos nombres alemanes de las “Nuevas Poblaciones” de Carlos III. Una lápida corresponde a algunos de nuestros antepasados e incluso hay un hueco en espera del próximo ocupante. Nos preguntamos, hemos llegado a esa edad, dónde y cómo nos enterrarán. 

Seguimos subiendo la colina hasta el castillo. Un julio seguramente tan caluroso como el de ahora pero del año 1212 sus moradores están intranquilos. A pocos kilómetros del lugar se combate, es el principio o el final de todo, y el desenlace no es seguro. El castillo está en el bando de los almohades, que han optado por la intransigencia y por la guerra, pero es posible que en época reciente hubiese una convivencia pacífica. En el otro lado, los cristianos han comprendido que es el momento de olvidarse de las diferencias y unirse para luchar contra el fanatismo: luego será tiempo de arreglar lo que haya que arreglar, pero ahora no. Están todos o casi todos, el Reino de Castilla, el Reino de Aragón, el Reino de Navarra, las Órdenes militares. Me llama la atención la cantidad de caballeros catalanes que han acudido a la batalla. El conde de Urgel, el de Ampurias Hugo IV, Sancho I de Cerdeña, el vizconde de Cardona Guillem I, Guillem IV de Cervera, Guillén de Aguiló de Tarragona, el obispo d Barcelona Berenguer de Palou… 

Por la tarde, todo ha acabado. La batalla de las Navas de Tolosa de 16 de julio de 1212 ha terminado con una victoria de los ejércitos cristianos. Desde el punto de vista territorial es una batalla ínfima: apenas se gana el castillo de Vilches y algunos pequeños lugares. Pero marca el punto de inflexión y la hecatombe de un Imperio que no estaba dispuesto a pactar. Pronto caerá Sevilla, y Córdoba, y las Islas. El erudito Ibn Jaldún, de antecedentes familiares sevillanos, algunos años después reflexionará en el exilio sobre la causa de la derrota musulmana, que para él no es otra que haber perdido el arte de hablar con el enemigo.

Vuelvo en el tren. Va lleno de andaluces que regresan a sus hogares en Cataluña y me pregunto si habrán dejado en sus cementerios de Andalucía algún pequeño hueco para sus nombres o si ya saben que su tierra está donde han vivido la mayor parte de su vida. Puede que poco les importe un sitio u otro.

Me entretengo con algún libro. Disfruto con Edmundo de Waal (La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta), que narra la historia de su familia judía ucraniana en busca de un lugar de donde ser. Anoto: «Ahora me pregunto qué significa pertenecer a un lugar… Uno se asimila pero necesita un sitio a donde ir. Tiene siempre a mano el pasaporte. Guarda alguna cosa privada». ¿Tendrán estos andaluces que regresan un lugar a donde ir? Igual que los personajes de Waal se han «asimilado» a su nuevo (y no tan nuevo) hogar pero puede que como ellos tengan algún día que echar mano del pasaporte. El tren se para en medio de la nada, de la «España vacía» que dice un autor, y aprovecho para cambiar de libro. Releo ahora Historia el mundo en 12 mapas de Jerry Brotton. Me fijo en el mapa de Al-Sharif.al-Idrisi, cuya familia había fundado el primer estado islámico en Iberia y creado el califato de Cordoba. Al-Idrisi llevaba años dibujando un mapa para Roger II Rey de Sicilia en que las tres religiones pudieran estar conformes Su reinado representa según los expertos modernos uno de los grandes momentos de la «convivencia medieval», y añade el autor «el término hispano que pasaría a designar la coexistencia pacífica entre católicos, musulmanes y judíos bajo un mismo gobierno». Pero Roger II muere el 27 de febrero de 1154 y su sucesor Federico de Barbarroja es otro intransigente como el califa almohade del castillo de Vilches. No hay nada que hacer y al-Idrisi tiene que buscar otro lugar a donde ir y donde morir. El tren sigue detenido, como no queriendo llegar a su destino. Pero estos andaluces que regresan a sus casas tienen sentido del humor, han aprendido a reírse de todo, con ese deje que es imposible de representar en palabras porque forma parte de la tradición oral. Entre página y página presto atención a las conversaciones que surgen de todos los lados. Nadie tiene prisa. Sorprendentemente nadie protesta. Nadie busca culpables, porque el tren más tarde o más temprano llegará a su destino. Son descendientes de Al-Idrisi y de Jaldún. Y así entre conversaciones oigo a un señor mayor a mi lado, que se dirige a Sabadell, que dice algo, que al escribirlo pierde toda su esencia y se queda en una simple frase: «… Y una señora que nos conocemos hace más de cincuenta años, que vive al lado mío, me dice -y tú tienes que votar sí». Y le contesta nuestro acompañante (pero falta el tono, la voz, la escena, imposible de reproducir con letras), sin rebelarnos nada más. «¿Pero seremos amigos?» Y termino yo mentalmente: «¿o tendré que buscar mi cementerio en otro lugar?» Al llegar en Tarragona, seis horas después de lo previsto, interrogo a un viajero que baja conmigo a la espera de un taco y de un enfado, pero me encuentro con una respuesta que en el fondo no me sorprende: «Bueno, ha dado tiempo para hablar».

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