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El castillo: símbolo humano de un pueblo

La homología entre el Castillo y la arquitectura es obvia, está implícita en el nombre
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Entre las actividades festivas del pueblo catalán, tal vez, la que mejor lo caracteriza es el llamado Castillo (Castell). Estas verdaderas torres humanas, sintetizan toda la unidad y voluntad de vida de los catalanes. En el acto de levantar un Castillo de cinco o seis pisos –entiéndase hiladas de tres o cuatro personas por piso− interviene toda la colla o club de la comunidad, para lo cual practican una o dos veces por semana durante todo el año. Su «construcción» es un acto democrático. En ella intervienen todos. No existen clases sociales, géneros, credos, edades, posiciones políticas… Todo, absolutamente todo, se echa a un lado, cuando las familias visten el uniforme de la colla de su localidad o barrio y acuden a la plaza donde se levantará el Castillo.

Estas torres humanas no son solo un acto de fortaleza física y valor, son también un acto de hermandad, de solidaridad humana. Surgidas en el siglo XVIII, su estructura de piernas, brazos y hombros se fue perfeccionando hasta alcanzar la perfecta sincronía de las actuales. El vestuario, aun cuando responde al propio de ciertos trajes regionales españoles, está concebido para hacer factible la «ascensión» de unos sobre otros. Y, por supuesto, para ostentar el color representativo de la colla en cuestión. La faja que ciñe la cintura, por ejemplo, contribuye a endurecer la posición de firme de las personas que hacen de «pilares de carga», así como les permite un paso más seguro a los que escalarán por sobre sus cuerpos en dirección a los hombros, sobre los cuales se erguirán, dando lugar a otro «piso». Brazos y manos, en este caso, se extienden y funden, literalmente, permitiendo el cierre de la nueva estructura. La homología entre el Castillo y la arquitectura, es obvia. De hecho, está implícita en el nombre. Ambas son resultado de la mucha experiencia y sabiduría de todo pueblo con tradición. Sobre todo, si atendemos a que en esta región del norte de España eclosionó una tipología constructiva de piedra que, con posterioridad, evolucionaría en otras regiones hasta dar lugar al románico: primer gran estilo del arte medieval europeo. Tampoco es de pasar por alto la geografía montañosa de Cataluña. Se puede decir que montañas hay en otras partes del planeta y hasta más altas; sin embargo, solo aquí se ha concebido una actividad de tal magnitud social con evidentes paralelismos en el deporte de la escalada libre y el alpinismo, con la única y esencial diferencia de que la montaña se hace con el cuerpo de quienes las escalan.

El primero de los rasgos identitarios que pone de manifiesto la construcción de un Castillo, es la unidad; le siguen la espiritualidad y voluntad de resistir de sus participanteses. Es, realmente, una verdadera forja de voluntades. El que se caiga el Castillo, lo que sucede a menudo, no significa que se ha perdido la posibilidad de llegar hasta lo más alto y coronarse vencedor. El Castillo, en tanto posibilidad, es una paráfrasis viviente del conocido proverbio: el camino hacia la cima no pasa por los valles. Y es, también, una metáfora de la vida: la posibilidad existe por igual para el individuo y para la colectividad. Se asciende superando obstáculos; el ascender de uno en uno, llega a ser un ascenso de todos, resultado del valor de todos, del trabajo en equipo.

Los músicos hacen sonar sus instrumentos. Silencio absoluto. Hombres y mujeres se muerden la punta de los largos cuellos de sus camisas, para que los que vienen detrás a imponerle una nueva altura al Castillo, no resbalen sobre sus hombros. En la base, todo un pueblo se afinca al centro de la torre humana, haciendo de sus cuellos y cabezas peldaños para el inicio del ascenso. Si la base se mueve, se cae todo. La base, por tanto, ha de ser firme, sólida, y aunque cada uno de sus miembros no verán el triunfo definitivo del último en ascender y coronar la torre, cada uno siente que su cuerpo y alma está ahí, en cada cuerpo y alma que sube hacia lo más alto de los aleros y balcones de la plaza.

Transustanciación de pueblo, de cuerpos y almas de pueblo. Al final, una niña de apenas diez años, sube como ardilla hasta lo más alto, se para sobre los hombros últimos del gran esfuerzo colectivo y proclama el triunfo del Castillo. Su rubia cabellera y el color de la colla en su camisa, resplandecen bajo el alto cielo mediterráneo. Abajo, la joven madre, orgullosa, no puede reprimir la única lágrima.

Al bajar, el proceso se invierte. Tras la niña, uno a uno los pisos humanos descienden… El Castillo solo terminará cuando el último de sus “pilares” ponga los pies en el suelo. Solo entonces toda la contención de estos hombres y mujeres saldrá al exterior, para alegría de todos, entre el aplauso de todos. El pueblo los abraza, los besa; con los puños en alto se proclaman vencedores por el tiempo que media para otra nueva torre. La madre abraza a su hija, aún con su casco protector. El esfuerzo, el sueño de meses, quizás, el de toda su vida, se ha hecho realidad. Los músicos paran de tocar.

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