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El confuso panorama político catalán

Prescindir de los políticos tiene un tufo populista que resulta claramente sospechoso
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El 3 de agosto es el último día en que Mas puede tomar la decisión de convocar o no las elecciones «plebiscitarias» del 27 de septiembre que, para todo el mundo salvo los enfebrecidos por la pasión soberanista, serán unas elecciones autonómicas más, sin que pueda cuajar en absoluto el proyecto de fraude de ley de quien quiera convertirlas en una especie de referéndum de autodeterminación. Y aún no está claro que vayan celebrarse, ni mucho menos la táctica que los independentistas pretenderán utilizar para solemnizar el hito y tratar de conseguir su inalcanzable objetivo rupturista.

Para que se entienda mejor el evidente nerviosismo de los actores políticos y sociales, conviene recordar que el Cente d’Estudis d’Opinió ha advertido que el apoyo al soberanismo se encuentra en caída libre desde hace más de un año. Que, además, el PSC está recuperando fuelle después de haber descartado absolutamente la demanda de un «referéndum consultivo» sobre la independencia; que CiU se ha roto abruptamente en dos fragmentos dada la incompatibilidad entre la desaforada CDC fundada por Pujol y la moderada UDC de raíces democristianas; que Podemos, que ya controla Barcelona, ha pactado con ICV y está absorbiendo a los sectores de izquierda radical que acompañaban por simple afinidad antisistema a ERC.

En definitiva, todo indica que unas elecciones ahora fragmentarían todavía más el confuso panorama político catalán, mostrarían la debilidad de CDC, otorgarían el liderazgo indepen- dentista a ERC. y por supuesto no representarían avance alguno hacia la independencia, tanto por lo inexpresivo del resultado cuanto porque el Estado no toleraría, como es natural, ninguna marrullería jurídica ni institucional.

En este marco desconcertante se abre camino la idea de presentar como reclamo del independentismo una «lista sin políticos». De este modo, se supone que se mitigarían los recelos entre las fuerzas políticas, que no sólo quieren la independencia sino también tomar posesión de la Cataluña independiente. Naturalmente, esta peregrina idea encuentra apoyo sobre todo en las grandes asociaciones soberanistas, Omnium Cultural y la ANC.

Naturalmente, prescindir de los políticos equivaldría a actuar fuera del cauce de los partidos, una solución que tiene un claro tufo populista y que resulta claramente sospechosa. Porque la independencia no es disociable de la ideología, lo que lleva a la conclusión de que no todos los nacionalismos son iguales. La fórmula en cuestión, que está suscitando arduos debates entre quienes deberían impulsarla, plantea además serios problemas procesales: qué instituciones confeccionarían la lista, con qué recursos se financiaría la campaña, qué discurso se adoptaría en los debates electorales, qué gestión se haría del resultado si se piensa que lo único objetivo que se desprendería de tal opción es que unos cuantos candidatos obtendrían el escaño en el parlamento de Cataluña. Como ha escrito Màrius Carol en su periódico, «una lista electoral no puede ser un club de fans ni una lista de celebrities. La gente quiere que quienes diseñan las rutas luego conduzcan el coche».

Conviene recordar a los desmemoriados que, aunque esta hipotética lista obtuviera mayoría absoluta de escaños –con alrededor del 42%– con una participación del orden del 60%, ello significaría que contaría con un apoyo del orden del 25% del censo, insuficiente para enunciar siquiera una pretensión secesionista.

Ante este panorama, lo sensato sería no celebrar elecciones anticipadas para dar tiempo a que la situación madure y la Generalitat gestione con más ahínco la salida de la crisis económica, ya con otros equilibrios estatales. Sin embargo, la racionalidad no es últimamente la pauta en el ámbito del nacionalismo catalán por lo que hay que prepararse para el caos.

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