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El contexto

Las meteduras de pata que parten del contexto culpan al contexto de la falta de contexto
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Confío en que todo cuanto diga hoy aquí no sea sacado de contexto, aunque empezaré con una confesión que en nada beneficia a mi posible reputación como especialista en contextos: no acabo de entender en qué consiste el contexto cuando se convierte en un concepto maleado por un político pillado en falta. En falta de contexto, quiero decir.

Sales de casa con tu contexto a cuestas, en la tranquilidad de que el contexto armonizará cualquier cosa que digas en tu calidad de representante público, y, nada más abrir la boca ante un grupo de periodistas ávidos de contextualizaciones, resulta que llega un carterista de contextos y te saca el contexto del bolsillo sin que te des cuenta, de modo que de repente te ves sin contexto, con tus frases completamente fuera de contexto. Descontextualizado.

No es por alarmar, pero si te birlan el contexto, amigo mío, súbete cuanto antes al coche oficial y enciérrate en casa hasta que consigas un contexto nuevo, porque si peligroso es el exceso de contexto, no menos peligrosa resulta la falta de contexto. Bien es verdad que siempre podrás remediar el disparate que has soltado con una apelación a la falta de contexto, pero las meteduras de pata que parten de un contexto exigen una complicada pirueta metafísica: culpar del contexto a la falta de contexto. Dicho de un modo más preciso: un político que se atreva a ponerse delante de un micrófono sin la garantía de un contexto no solo será un temerario, sino además, a niveles contextuales, algo aún peor: un anticontextualista.

La frase «Dame el cuchillo», por ejemplo, significa lo mismo en una carnicería a la hora de filetear un solomillo de ternera, en una fiesta infantil de cumpleaños en el momento de trocear la tarta y en un ritual satánico en el preciso instante en que el sumo sacerdote vaya a hacer con el cuchillo lo que quiera que se haga con un cuchillo en ese tipo de ceremonias, pero todos estaremos de acuerdo en que el contexto añade a esa frase su justa dimensión profesional, festiva o escalofriante, respectivamente. Ahora bien, imaginemos que usted es Martínez, copropietario de la carnicería ‘Hermanos Martínez’, y que le dice a su hermano: «Dame el cuchillo». Su hermano, en fin, le da el cuchillo y resulta que va usted y, en vez de cortar unas chuletas, le rebana el cuello a su hermano. ¿Qué ha fallado ahí? ¿Quién es el culpable? Muy sencillo: el contexto. (Por ese lado quédese tranquilo, Martínez.) Si usted le hubiera pedido un cuchillo en medio de un ritual satánico, su hermano no se lo hubiese dado ni loco. Pero se lo dio en el contexto de la carnicería y esa imprudencia le costó la vida.

Me gustaría rematar esta lúcida disertación con un buen disparate, pero necesitaría un contexto del que pudiera ser sacado para que el culpable del disparate sea la falta de contexto y no el contexto ni mucho menos yo. Otra vez será.

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