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El continente aislado

El proyecto político europeo ni interesa ni gusta en Londres. Están en su derecho
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Es fama que en los buenos tiempos el acreditado servicio meteorológico británico resumía así la situación en las Islas: «Gran tormenta en el Canal de la Mancha; el continente, aislado». El lector excusará la imposibilidad de confirmar el dicho, pero aceptará que si non é vero, e’ ben trovatto. El continente somos los otros europeos, los demás, y las islas son el solar del viejo león que quiere ahora un nuevo, diferencial y mejorado estatus en el interior de la Unión Europea. Si no se le concede, el prometido referéndum prometido para 1917 tendrá lugar y el Reino Unido, eventualmente, nos dejará. Una lástima: las muchedumbres lloran de dolor desde el Vístula polaco al Tejo portugués. Lo de Cameron con la UE ha sido una baza maestra para ganar las recientes elecciones legislativas y es una propuesta para ganar ‘sí o sí’. Si Bruselas (o sea, todos nosotros) acepta, habrá ganado; si rehúsa, ganará el referéndum de dejar el invento y lo ganará también.

Todo permite suponer que, con esta perspectiva, nuestros distinguidos burócratas bruselenses –Jean-Claude Juncker en cabeza– intentarán ganar tiempo y hacer pedagogía. Sirvió de poco cuando en los viejos días aurorales ya hubo que ceder al Reino Unido lo que se llama popularmente el cheque británico, de cuyo cobro presumía, con razón, Margaret Thatcher. Ni entonces hi ahora hubo voluntad política de que las cosas sean de otro modo y sin que se haga la pedagogía de una mínima explicación sobre el particular, es de temer que el ‘hecho diferencial’, su particularismo jurídico-político-económico en la Unión serán mantenidos. Solo hay una manera de evitarlo y temo que no está disponible: la resurrección del general De Gaulle. Hasta su retiro político en 1969, mantuvo a raya a Londres en su pretensión –ya ven qué antigua es– de disponer de una posición particular, a la medida, hecha de excepciones, cautelas y negativas. París, sencillamente, vetó en enero de 1963 la pretensión británica de entrar ya en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea.

El poco gusto de Londres por la unidad europea, sobre todo si llega a ser política, vive incluso de la facundia popular, la que nos ve como los continentales y se alegra cuando sus viejos equipos de fútbol ganan a los de este lado. Todo esto está, sin figurar, en el plan de David Cameron del ‘ganar sí o sí’. El proyecto político europeo ni interesa ni gusta en Londres. Están en su derecho los británicos, pero también los continentales, de terminar con situaciones ambiguas y amistades a tiempo parcial. Si hay eurofobia en el Reino Unido, bendito sea. Si no hay eurofilia en el continente, tampoco pasa nada. El genuino eje estratégico en Londres es británico-americano. Lo demás, un territorio del que desconfiar, el continente.

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