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El de-efecto Guggenheim

Cuando Roca y Solé Tura rechazaron un concierto como el vasco, comenzó el 'procés'

Juan Carlos Viloria

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Estamos en las antevísperas del 20.º cumpleaños del museo Guggenheim de Bilbao y parece que fue ayer cuando la ciudad vivió la efervescente rivalidad entre partidarios y detractores de semejante inversión millonaria. Ya no queda nadie de la facción contraria y todos los bilbaínos se han hecho fervientes adalides de la otra catedral que con San Mamés ya es emblema de la Villa. Prácticamente ha desaparecido todo rastro de aquella urbe grisácea y húmeda que algunos añoramos de cuando en cuando.

La ría ahora es una lámina brillante y limpia; ya no arrastra los detritus de la vida canalla que lo impregnaba todo de hedores a cadáver y óxido. Todo es saludable y ecológico en la capital vizcaína. Sin humos, sin vapores, sin cenizas. Ordenada y geométrica. La ciudad peatonal. Perfectamente regada al alba ya no necesita ni chirimiri. Ni gabardina. El brillo del titanio del museo sale cada mañana y lo ilumina todo. Marijaia ya no va a la plaza, las comparsas han huido bajo la presión de las fuerzas de choque de los intolerantes que se colocan en la puerta grande para señalar. Es irremediable que el diseño se haya cargado las tascas, los garitos, los ultramarinos, la tiendas de toda la vida, pero hay defender los últimos reductos de identidad y tradición. Todo es tan pulcro y ordenado que parece un plató de televisión listo para recibir la llegada de una procesión de turistas con sus bermudas, sus móviles y su ansia por las tapas sin aroma. Ya no huele a salsa vizcaína por las siete calles. Que lástima.

Pero hablando de turistas yo sostengo que además de los efectos mencionados que han abrillantado tanto la ciudad hasta hacerla casi irreconocible, hay otro de mucho fondo que como el óxido puede ir lentamente corroyendo los pilares del edificio nacional. Me refiero a la conexión Barcelona-Bilbao que si antes del ‘Guggi’ era de un vuelo a la semana, después se convirtió en camino de peregrinación pues no en vano el público culé es muy de museos y viajar con la guía y presumir de estudiado. Autobuses llenos de prejubilados procedentes de Gracia, Diagonal, Poble Sec, conocieron de repente el nuevo Bilbao surgido en torno al Gehry. Y los guías les llevaron por la ría del siglo XXI, hacia el Euskalduna de los congresos y la imponente bilbainada del metro de Foster todo en acero inoxidable y hormigón pulimentado. Ellos, tan ahorradores, se preguntaban ¿Y de dónde sacan ‘pa’ tanto como destacan? Entonces, digo yo, descubrieron el histórico error de sus políticos en la Transición cuando Roca y Solé Tura rechazaron la oferta de un Concierto Económico como el vasco. Entonces empezó el ‘procés’. Otra variante del efecto Guggenheim.

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