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Opinion ANÁLISIS

El derecho a no sufrir

Legislar con garantías. Hace 38 años que trato a pacientes oncológicos. Creo en el ideario hipocrático de no matar y también en el buen morir

Anna Lafuerza

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El derecho a no sufrir

El derecho a no sufrir

La evolución hedonista de nuestra sociedad en la que las personas toman cada vez más las riendas de su existencia, al margen de creencias, valores e ideologías, hace que la felicidad o al menos el bienestar sea el bien más buscado.

El sufrimiento ya no se ve como un camino hacia la purificación o la redención, sino como algo que debe combatirse por todos los medios. De ahí que en una encuesta realizada en 2017 por Metroscopia un 80% de la población diga que en el caso de enfermedad incurable y que provoca sufrimiento los médicos deberían ayudar a finalizar el mismo por todos los medios posibles. Se asume que una gran mayoría de la población aceptaría la eutanasia si fuera preciso.

Hace décadas que en España se debate acerca de la legalización de la eutanasia, entendiéndose como actuar activamente para provocar la muerte de los pacientes con alto nivel de sufrimiento. El tema está en los medios e incluso ha sido tratado por  obras cinematográficas. Se han hecho proposiciones legislativas que no han prosperado. Hace 13 años ya que el Comitè de Bioètica de Catalunya hizo un informe sobre la despenalización de la eutanasia y el suicidio asistido.

La eutanasia se utiliza muchas veces como propaganda y arma política sin una reflexión profunda de su significado y de lo que supondría su legalización o despenalización en nuestra sociedad. Sabemos que la muerte es el último tabú de nuestra sociedad.

Etimológicamente eutanasia es buena muerte y sabemos que este es un deseo de la  población. ¿Cómo no iba a serlo? Deseamos fallecer sin sufrimiento ni físico ni psíquico. No debemos confundir el deseo de una buena muerte con la utilización de fármacos letales como única alternativa a la mejoría del sufrimiento.

La medicina y la psicología pueden con los conocimientos actuales ayudar a morir bien a la mayoría de las personas. Los cuidados paliativos como tratamiento integral de paciente y familia son llamados tratamientos intensivos de confort. 

Muchas veces, tras una petición de eutanasia puede esconderse una depresión, un déficit de medidas sociales para ayudar al paciente –y a sus cuidadores– o soledad.  Todo ello hace que no se vea más horizonte que la eutanasia para solucionar problemas que podrían ser mejorados.

En el año 2015, 21 españoles pagaron entre 7.000 y 10.000 euros a asociaciones suizas que de una manera privada facilitan a las personas un fármaco que acaba con su vida y, por otra parte, familiares que ayudaron a sus parejas son acusados de delitos muy graves. Existe un déficit de discusión ética sobre la justicia. El dinero no puede ser el que module cómo podemos morir.

No se reflexiona sobre lo que podría justificar una actuación médica de este nivel, que sería la existencia de síntomas intratables. Existen estudios en España que indican que pacientes con síntomas intratables y, por tanto, a los que se les practicó sedación paliativa no tenían una prescripción de fármacos, según la escala analgésica de la OMS. No utilizar todos los recursos médicos, sociales y psicológicos puede derivar en la práctica de eutanasia a pacientes infratratados.

Hace 38 años que trato a pacientes oncológicos. Hemos pasado desde mis primeras épocas, cuando la eficacia de los tratamientos era menor y el uso de fármacos para el dolor estaba prohibido y con muy mala imagen de adicción, a la actualidad –cuando aún mueren pacientes– pero con el cáncer convertido en una enfermedad crónica y con un amplio arsenal terapéutico médico, psicológico y social para tratar a nuestros pacientes.

Creo firmemente en el ideario hipocrático de no matar porque  una vida no depende de mí, pero también creo en el buen morir y así he ayudado a varios centenares de personas a lo largo de mi profesión. He hablado con mis pacientes en fase terminal cuando los síntomas empiezan a ser refractarios y les he ofrecido mi compasión y conocimientos. Solo en muy contadas veces se me ha pedido la muerte. Algunas veces se pide al llegar a urgencias dentro de la desesperación de un síntoma no tratado pero eso revierte al tener un buen control.

En los casos en los que se me ha solicitado la muerte ha sido por pérdida de funciones físicas en pacientes a veces no del todo en etapa terminal. De ahí que entienda las peticiones de los pacientes con enfermedades neurodegenerativas que destruyen una a una las funciones vitales.

Debe regularse muy seriamente este tema: que los cuidados paliativos lleguen a toda la población; que la psicología pueda ayudar a uno de los síntomas más intratables como es la ansiedad; que se regulen las ayudas sociales para pacientes y cuidadores que les ayude a poder decidir en paz; que el síntoma intratable, cuando lo es, pueda ser paliado con disminución del nivel de conciencia, que no es otra cosa que la sedación paliativa.

En aquellos casos en que estas condiciones se hayan cumplido y se haya asegurado que los requerimientos médicos psicológicos y sociales se alcancen, quizás sería necesario legislar: poner en conocimiento de los pacientes formas de finalizar su sufrimiento para que no haya diferencias entre los que pueden costearse una eutanasia en países donde está aprobada.

Legislar sin garantías esta actividad puede hacer que se convierta la eutanasia en una manera de solucionar problemas. Finalizar la vida debería no ser por causa de problemas que tienen una solución en nuestro mundo.

La autonomía de las personas debe poderse ejercer con todas las garantías e intentar que la buena muerte sea una forma de dejar este mundo.

Anna Lafuerza es doctora y oncóloga en el Hospital Sant Joan y profesora en la URV

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