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El derecho a pitar pacíficamente

Una pitada es un acto de protesta pacífico que puede ser criticable y repudiable pero nunca punible desde el código penal
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Un estadio de fútbol es un recinto poco propicio al sosiego. Pretender que el público que asiste a un encuentro de máxima rivalidad mantenga comportamientos propios de los aficionados a la ópera es poco menos que utópico. Sin embargo, es evidente que una sociedad civilizada no puede permitir que las gradas de un estadio se conviertan en un refugio que ampare comportamientos repudiables. Todos los demócratas aplaudieron la decisión del árbitro holandés René Temmink de suspender el partido entre el ADO Den Haag, y el PSV Eindhoven cuando desde las gradas se gritaron frases como «Hamás, Hamás, todos los judíos al gas». Es evidente que no todo vale ni todo debe permitirse en aras a la libertad de expresión, ni con la excusa de que a un campo de fútbol se va a dar rienda suelta a todo tipo de bajezas. La polémica está pues en fijar los límites y la frontera de lo que es permisible y lo que no lo es. ¿Los símbolos nacionales son susceptibles de ser abucheados públicamente? Los norteamericanos, que en materia de historia democrática nos llevan bastante ventaja, han concluido que un símbolo tan primordial como la bandera de las barras y de las estrellas puede ser quemada sin concurrir en delito alguno. Ello no quiere decir que tales comportamientos, en los que debemos incluir la pitada al himno en el Camp Nou, no merezcan censura. La merecen de forma absoluta, pero el carácter político y pacífico de la protesta aleja la posibilidad de responder con castigo penal.

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