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El derrumbre

Hay un porvenir por el que pelear y hace falta gente capaz de imaginarlo
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El tiempo lo pone todo en su sitio, y quienes a golpe de encuesta quisieron medrar e imponer su visión al resto, a golpe de encuesta se están derrumbando. Según el último sondeo conocido, este fin de semana, la suma de los diputados que ERC y CiU obtendrían en unas hipotéticas elecciones catalanas quedaría muy por debajo de la cifra necesaria para tener una mayoría que respaldara su pretensión de convertir esas elecciones en vía plebiscitaria hacia la independencia. La formación que dirige Mas se hundiría un poco más (con cada nueva elección que fuerza, el President va destruyendo su propio partido) y Esquerra quedaría muy lejos de ser esa formación hegemónica cuya posibilidad hizo a Junqueras soñarse (y presentarse ante los medios) como líder in pectore de la futura Cataluña desligada de España.

Todo sucede por algo, y los ahora damnificados por esas encuestas sobre las que otrora cabalgaban harían bien en preguntarse por qué con tanto esfuerzo como han hecho (y con tantos recursos de los catalanes, que faltan en otros ámbitos de primera necesidad, volcados en el empeño) sus pretensiones se desinflan y el programa que había de entusiasmar a los catalanes suscita ahora desapego y desencanto. El bochornoso espectáculo de Pujol y sus hijos millonarios, ante el que Mas ha exhibido una reacción catatónica que resulta decepcionante (y aun inquietante) para cualquier observador avezado, algo ha pesado en el desafecto que sufren sus siglas. El esperpéntico referéndum ilegal del 9 de noviembre, presentado como un triunfo, se ha revelado, en la insuficiencia de sus números y su fealdad simbolizada por la imagen de Junqueras vigilando tras una urna de cartón el voto de sus vecinos, como un enorme error.

Ahora que se derrumba el proyecto alarmante de configurar una nación independiente con negación de una porción de la población que ha de habitarla y del contexto en que debe desarrollarse y progresar, y ante ese parlamento catalán fragmentado e ingobernable que dibujan las encuestas, toca pasar la página y comenzar a caminar hacia la verosimilitud. En esa senda, aunque es de temer que tratará de perpetuarse en su fallido papel de timonel, muy poco o nada pinta quien distrajo los afanes de su país en una confrontación estéril consigo mismo y con el entorno al que está llamado a contribuir y de cuyo futuro, además de ser corresponsable, depende también su propia prosperidad.

Uno empieza a cansarse de estar rodeado de gente a quien se supone responsable, o que se postula como tal, y que no asume jamás sus responsabilidades. Va llegando el momento de que quien intenta lo que no tiene sentido o hizo lo que no debía vaya despejando. Hay un porvenir por el que pelear y hace falta gente capaz de imaginarlo, de acordarlo y de construirlo.

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