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El después

Si el porcentaje general de votantes no llega al 50%, estamos en semidemocracia
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Salvo que el resultado sea de mayoría absoluta, las etapas postelectorales suelen tener menos de sorprendentes que de desconcertantes, y a veces pueden abrir un periodo más enigmático que el preelectoral, por mucho que sobre este periodo se afane en intervenir, con técnicas propias de vidente, la demoscopia. En algunos aspectos hemos ido mejorando, hasta el punto de que, a estas alturas, los partidos derrotados reconocen su derrota, cuando hasta hace poco en nuestras elecciones jamás había perdedores y quien no se consolaba era porque no quería, pues nunca faltaba un clavo ardiendo para un achicharrado: la exégesis de la derrota convertía la derrota en un triunfo estratégico, la justificación de un patinazo convertía el patinazo en un traspiés fortuito en el camino imparable hacia la victoria. En otros aspectos andamos igual: al clima de euforia infantilizada de las campañas sucede el clima sofístico de la interpretación de los resultados, lo que da pie a piruetas metafísicas que para sí hubieran querido los principales filósofos alemanes.

Como era de esperar, en esta última campaña hemos visto casi de todo, con la novedad de algunos candidatos que ocultaban las siglas de su partido en vez de ampararse en ellas y de un dirigente dedicado a torpedear a alguna que otra candidata de su propia coalición, extremo que añadía un componente de turbiedad dramática a esa rutina de coba mutua que suele practicarse entre correligionarios. Tampoco ha faltado el espectáculo de dos candidatas de un mismo partido sometidas a una competición por ganarse el piropo del espejo mágico de la madrastra de Blancanieves, como quien dice -por no hablar del espectáculo que está brindándonos una de ellas en estos días, con su oferta surtida de pactos delirantes que pudieran satisfacer sus delirios.

Los resultados nos han traído además la arrogancia -sin duda legítima- de los nuevos vencedores, que han optado por una curiosa actitud que mezcla la prepotencia con la displicencia: sabedores de su poder, actúan como si el poder fuese menos una ventaja que un impedimento para llegar a pactos de poder, entre otras razones porque en nuestra breve tradición democrática los pactos siempre han tenido menos que ver con los acuerdos que con los chantajes. Y eso, de momento al menos, no parece que vaya a cambiar.

Por otra parte, nos empeñamos en dejar en la sombra un dato sombrío: si el porcentaje general de votantes no llega al 50%, estamos técnicamente en una semidemocracia, en una democracia real al 50% e irreal al otro 50%. De este modo, cada político es elegido a medias por la voluntad de la mitad de los electores y a medias por el desinterés de la mitad de los electores potenciales: electo por activa y por pasiva. Por elección y por desafección.Pero que nunca nos falte, por supuesto, la alegría.

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