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El destino de la nueva política

La eclosión de las nuevas organizaciones ha sido tardía con respecto a la crisis económica
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La nueva política, cristalizada en las formaciones emergentes Podemos y Ciudadanos, no ha sido el fruto de un surgimiento espontáneo o el resultado de alguna imprevisible mutación: es la consecuencia de la crisis o, mejor dicho, de una deriva del sistema socoeconómico hacia parajes de una gran inequidad que los grandes partidos instalados en el sistema no han querido o no han sabido remediar. Podemos surge del 15-M, claramente, es decir, del grito de la sociedad civil que ve cómo una gravísima crisis en la que no ha tomado parte está arrasando las conquistas sociales que ha costado siglos instaurar. Y Ciudadanos, que nació en Cataluña para frenar la deriva nacionalista del ‘tripartito’, teóricamente de izquierdas, encontró camino expedito para irrumpir en la política nacional, aprovechando el reflujo de las grandes organizaciones y la demanda de cambio que mostraba el deprimido electorado.

La situación que, después de una larga etapa de bonanza que puede extenderse a toda la etapa democrática, y particularmente al periodo iniciado en 1996, ha provocado este cataclismo político es objetivable: según el INE, en el verano de 2015 el 22,2% de los ciudadanos vive por debajo del umbral de la pobreza –7.961 euros anuales–, porcentaje que se eleva al 30,1% en los menores de 16 años. Estos datos, unidos a un desempleo que rebasas el 23% de la población activa y a la aplicación de políticas claramente desreguladoras que reducen la protección social de los ciudadanos –copagos sanitarios, merma de los derechos laborales, etc.– explican a las claras el malestar general, el descrédito de las instituciones y la demanda de nuevas ofertas ideológicas y políticas.

En cierta manera, el auge de los partidos ‘nuevos’ –el radical Podemos y el liberal Ciudadanos– en España podría compararse con el ascenso de Syriza en Grecia, también a causa de un deterioro económico y social insoportable, debido también a la crisis, en este caso gestionada por los acreedores que han facilitado el rescate.

La eclosión de las nuevas organizaciones ha sido sin embargo tardía, y aunque aún se dejan sentir los grandes efectos adversos de la crisis –los indicadores siguen siendo terribles, como se ha manifestado más arriba–, es innegable que ya se ve cierta luz al final del túnel, lo que ha rebajado el grado de crispación social y, por consiguiente, se han reducido las oportunidades de los recién llegados a la ceremonia pública. De hecho, tanto en las elecciones andaluzas como en las municipales y autonómicas, Podemos y Ciudadanos han quedado relegados tras PP y PSOE, que mantienen una posición hegemónica aunque conjuntamente apenas rebasen el 50% de los sufragios.

El futuro no está obviamente escrito, pero es claro que hay dos opciones alternativas: o se asientan y consolidan los nuevos partidos y van desplazando a los tradicionales, o éstos recuperan el tono y la fuerza, en cuyo caso perdurará el bipartidismo imperfecto que ha venido funcionando desde la llegada de los socialistas al gobierno en 1982. Lo que vaya a suceder dependerá de dos factores: por un lado, de la evolución de la economía y la habilidad de los partidos hegemónicos para revertir la gran desigualdad acumulada; por otro lado, de los primeros pasos de los nuevos partidos en las instituciones que han comenzado a ocupar. De momento, las formaciones radicales se han hecho muy visibles en las grandes ciudades: Barcelona, Madrid, Zaragoza, Valencia. Y Ciudadanos, en algunos comunidades en que su peso es determinante. Todos los ojos están atentos a la evolución de estos experimentos, que serán clave en la decisión trascendental que vaya a tomar este país en las próximas generales. Ambas posibilidades están abiertas.

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