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El diccionario de Rajoy

Los asesores de Rajoy deberían elaborar un diccionario para poder entenderle

Ángel Camacho

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Otro gallego, tan oblicuo como Rajoy, el general Franco, se quejaba amargamente a su primo en la caravana ‘Términus’, que «no me entienden, es que no me entienden». Varios de sus generales, si no recuerdo mal, el bilaureado Varela y el del Aire, Kindelán, cuando vieron que la batalla del Ebro la decidía como un choque de carneros en la montaña, se echaron las manos a la cabeza. Ganó, sí, pero sobre ochenta mil cadáveres.

No es cierto que un gallego sea una persona que nunca se sabe si sube o baja en una escalera. El gallego simplemente es cauteloso, relativo y, en general, de buena intención.

Es lo que todos debemos pensar del ambiguo Rajoy ante las próximas elecciones generales y sus promesas de mejoras, bajadas de impuestos y demás conejos del mágico Rajoy. Es que no le entienden.

Se queja el pontevedrés de que no se cree la gente que bajará los impuestos. Puede hacerlo, ya lo creo, porque cosas peores ha hecho, sin rubor, como mentir en las últimas y en las anteriores elecciones.

¿Hemos mejorado en el empleo?... Claro, en números relativos, porque si bien han aumentado los puestos de trabajo, se ha hecho sobre contratos-basura, algunos nada menos que de día en día, de medias jornadas o de temporada. Si los sumamos, claro que salen más, como si troceas una piedra y dices ahora tengo cuatro piedras; lo que ocurre, y eso se lo oculta Rajoy bajo su barba, es que la gente cobra menos y mal. Y así no hay hogar que pueda hacer planes de futuro, ni joven que se atreva a casarse o salir de la casa paterna.

No le entienden cuando dice que se acabó la corrupción en su partido. Es posible que sea cierto, porque casi todos los casos están a la vista, aunque sorpresas, haylas. Lo que nadie quiere entender del pobre Rajoy es su fidelidad amistosa, por ejemplo, con su amigo Bárcenas, que tuvo dos décadas llevando las cuentas y quizás dándole algún sobre que otro, quizás de felicitación, que eso ya se verá. Es enternecedor el mensaje famoso: «Luis, sé fuerte…».

La hemeroteca y los archivos visuales son patéticos en el recuerdo.

Nadie entiende por qué se abraza con tanta efusión con sus incondicionales Francisco Camps y Rita Barberá en Valencia: ¡era el caloret mediterráneo, que tanto afecta a su condición gallego-atlántica!...

Nadie entiende por qué le escribe cariñosamente al más que sospechoso presidente europeo, M. Juncker, dándole explicaciones, mientras sus ministros, que tampoco parecen entenderle, las dan por otros lados y en sentido diferente.

Nadie entiende por qué habla de «reformas» como si fuera una amenaza. Rajoy quizás quiera decir que puede haberlas, pero en mejoras a los ciudadanos, a los que tanto ama. Como demostró cuando estalló la crisis, al apresurarse a salvar a sus amigos banqueros, cubriendo a costa de los demás ciudadanos los 50,000 millones o los que fueran, que habían dejado al descubierto, entre mala gestión, mala administración y acertadísima cobertura de cargos, con despidos o jubilaciones millonarias. En agradecimiento por los malos servicios prestados, claro, como se demostró hace poco con Fernández Ordóñez.

A Rajoy no le quieren entender esos ciudadanos que se levantan cada día –si pueden hacerlo– pensando dónde y de qué forma comerán ellos y sus familias. Ya no digo bicocas como tener agua caliente en la ducha, energía eléctrica para los electrodomésticos, etc.

Creo que debemos ser amables con Mariano Rajoy y encomendar a sus asesores que formen un diccionario para que todos podamos entenderle. Algo así como el ‘libro gordo de Petete’, pero actualizado. Y si el asesor es Pedrito Ruiz, mejor que mejor. Todos contentos y sabremos a qué atenernos.

¿Es posible que vuelvan a votar a este hombre, tan poco entendido, siete millones?

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