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El eclipse de Venus

Dánel Arzamendi

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Hasta el pasado verano las autoridades iraníes se arrastraban como auténticos apestados por las cancillerías de medio mundo. La cuarentena diplomática que atenazaba a la república islámica se levantó repentinamente tras el acuerdo nuclear apadrinado por Barack Obama, un pacto que algunos aplaudieron como el valiente legado de un estadista visionario, mientras otros lo consideraron la más envenenada herencia de un ingenuo buenista. En cualquier caso, el Tío Sam sigue marcando el paso mundial en estos menesteres, y las embajadas occidentales tomaron buena nota del cambio de rumbo marcado por Washington: en la casilla de Irán tacharon ‘malo’ y pusieron ‘bueno’.

Hassan Rouhani no ha tardado en rentabilizar internacionalmente sus buenas relaciones con su nuevo y sorprendente primo yankee de ‘zumosol’, y se ha embarcado en una gira europea para recuperar protagonismo político en Oriente Medio y asegurar nuevas inversiones occidentales en la zona. El régimen chií ha iniciado una intensa campaña para venderse ante el mundo como en el país más estable de la región, un título probablemente merecido, aunque habrá que reconocer que en estos momentos no se trata de una competición especialmente exigente.

El periplo internacional arrancó a principios de semana en la capital italiana, donde el presidente persa consiguió una fotografía diplomáticamente impagable con el papa Francisco. También se entrevistó con el primer ministro transalpino y el presidente de la república, quienes recibieron a Rouhani con todos los honores. Estaba en juego la firma de diversos contratos por valor de varios miles de millones de euros. Los palacios Chigi y Quirinale se pusieron manos a la obra para lograr que los visitantes se sintieran como en casa, y lo cierto es que a Matteo Renzi y a Sergio Mattarella sólo les faltó ponerse un turbante y bailar juntos el bandari. Aunque la hospitalidad es siempre positiva, estos encuentros se han visto enturbiados por un incidente que algunos consideran meramente anecdótico, pero que otros observamos con gran preocupación por la mentalidad de fondo que deja entrever.

Un día antes del encuentro papal, el gobierno italiano recibió en los Museos Capitolinos a una nutrida delegación iraní compuesta por el propio presidente, seis ministros, y más de un centenar de empresarios. Anfitriones y visitantes fueron recorriendo las bellas salas de los palacios del Campidoglio, comprobando (algunos con estupefacción) que gran parte de las esculturas habían sido cubiertas con cajones blancos de madera. Según el diario Il Messaggero, fue la propia cancillería persa la que exigió previamente la ocultación de cualquier imagen que mostrase el menor atisbo de desnudez. A los servicios de protocolo italianos les faltó tiempo para bajarse los pantalones hasta los tobillos (valga la paradójica expresión) con el objetivo de salvaguardar el suculento negocio que tenían entre manos. Por si fuera poco, en la cena oficial posterior no se sirvió ningún tipo de bebida alcohólica, ni siquiera a los comensales europeos. En la Roma políticamente correcta no hay tetas de piedra ni vinos de la Toscana. Es de agradecer que Rouhani no propusiera concluir la velada ahorcando a un par de gais en la Piazza del Popolo…

En términos generales, cuando se produce un encuentro entre miembros de diferentes culturas, es lógico y razonable realizar un esfuerzo adaptativo para que nadie se sienta incómodo. Si invito a un musulmán a mi casa no se me ocurrirá servir como plato principal un suculento cochinillo al horno, del mismo modo que si un inuit me acoge en su iglú espero que no cuente con que me acueste con su mujer para agradecerle su hospitalidad. Ahora bien, algo falla cuando es siempre la misma parte la que debe amoldarse, sin la menor esperanza de obtener cierta reciprocidad a cambio. Cuando las delegaciones extranjeras viajan a Teherán, los visitantes no pueden beber alcohol en público, las diplomáticas deben cubrirse la cabeza con un velo, etc. Es decir, el invitado se adapta al anfitrión. Sin embargo, cuando los iraníes viajan a Roma, nadie puede tomar bebidas alcohólicas en su presencia, nuestras magníficas obras de arte deben ser emparedadas, etc. Es decir, el anfitrión se adapta al invitado. ¿Tiene esto algún sentido?

En el fondo, este tipo de situaciones presuponen que los occidentales podemos amoldarnos a cualquier entorno, mientras que esta actitud puede resultar tan insoportable para algunos extranjeros que les exoneramos del esfuerzo en aras de la paz intercultural. Craso error. Pocas torpezas causan un mayor destrozo pedagógico que una concesión inmerecida, pues una renuncia injusta suele acabar convirtiéndose en norma por el valor del precedente. Ya hemos ocultado la Venus Capitolina en una ocasión, y se esperará que volvamos a hacerlo la próxima vez que determinadas legaciones diplomáticas deseen visitar el Campidoglio, cuando en realidad existe una alternativa mucho más sencilla para nuestros invitados: ¡que no vayan! Si los desnudos les ofenden, creo que no se les ha perdido nada en el Palazzo Nuovo. Flaco favor hacemos al entendimiento entre civilizaciones si renunciamos a nuestra herencia intelectual y cultural, especialmente cuando esta tradición es el germen de la mentalidad más tolerante del mundo actual.

Afortunadamente, Hassan Rouhani no tardó en descubrir que no todos los gobiernos europeos estaban dispuestos a tributarle el mismo trato sumiso y servil. A mediados de semana los comisionados iraníes continuaron su gira trasladándose a París, donde iban a ser agasajados por el gobierno francés con un almuerzo de gala. Las autoridades persas comunicaron también al Elíseo su exigencia de retirar el alcohol del menú, pero en este caso recibieron una respuesta tan acertada como contundente: «se suspende la comida». Esto sí que es un gran precedente. ¡Un brindis por Hollande!

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