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El ejemplo insólito de Ignacio

Todos los homenajes que se hagan a Ignacio Echeverría y a su ejemplo son pocos

Enrique Arias Vega

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Lo normal, siempre, es mirar hacia otra parte. Y, además, lo lógico, dada la naturaleza humana. Lo normal, digo, es quejarse de la inacción de los demás y echar la culpa, sobre todo, a los servidores públicos, como si el resto solo debiéramos ser meros beneficiarios de sus servicios.

Al parecer, Ignacio Echeverría no era así. Al parecer, él creía que la vida es un compromiso personal y que la justicia es cosa de todos y no una exigencia para formulársela a unos pocos.
Lo habitual, insisto, no es enfrentarse a los acontecimientos, sino lamentarse de ellos a toro pasado. Lo vemos cada día en las redes sociales, donde proliferan las críticas, las protestas y hasta los insultos, en vez de aportarse ideas y propuestas que permitan mejorar la vida de todos.
Después del horrible atentado de Londres todo el mundo sabe ya, y lo dice, que Ignacio es un héroe, cuando seguramente en el pasado quienes se cruzaban con él no prestaban atención a esa condición y al carácter de la persona que la sustentaba.

Afortunadamente, no es el único quijote en un mundo en el que el confort se impone sobre la exigencia, el capricho sobre el deber y el hedonis- mo sobre el esfuerzo. Afortunadamente, digo, nos enteramos a veces de gente que salva la vida de un compañero de viaje, se enfrenta a un maltratador de mujeres o niños o ayuda a sus conciudadanos en apuros. Aun así, esos comportamientos siguen siendo infrecuentes. Por eso, creo que todos los homenajes que se haga a Ignacio y a su ejemplo son pocos. Si todos contásemos con el apoyo decidido y desinteresado de nuestros semejantes, la vida de cada uno sería mejor y el miedo acabaría extirpándose de nuestros corazones.

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