El engaño navideño

No acabo de entender la incongruencia de no querer vincular la Navidad con lo que realmente es, la celebración del nacimiento no solamente de un niño, sino de toda una civilización que es a la que por suerte pertenecemos
 

J. MOYA-ANGELER

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J. MOYA-ANGELER

J. MOYA-ANGELER

Corren las gentes por las calles en estos días, gastando algunos hasta lo que no tienen, a la espera inútil de que les toque la lotería el próximo miércoles. Muchos no creen en Dios, pero sí en la religión del consumismo como cura de sus vacíos y de sus ansias insatisfechas. Hubo un alcalde (Maragall) que llegó a llamar a la Navidad «les festes d’hivern», una celebración que sólo existió en la Escandinavia en tiempos del solsticio o hace veinte siglos en las sociedades agrícolas y forestales. Pero ni vivimos en aquellos tiempos ni en aquellos lugares. No fue el único, una edil (Imma Mayol, mallorquina) que trató de imponer el consumo de madroño -¡el símbolo de Madrid!- para substituir al abeto, árbol que abunda en el Pirineo y que los alemanes tomaron como símbolo de Cristo, «el árbol de la vida». Mayol llegó a gastarse una millonada en madroños y en un árbol artificial que se iluminaba a base de que la gente pedaleara en unas bicicletas estáticas moviendo unas dinamos; del árbol, las bicis y la propia Mayol nunca más se supo. Del gasto, sí: se pagó del dinero ciudadano.

No acabo de entender la incongruencia de no querer vincular la Navidad con lo que realmente es, la celebración del nacimiento no solamente de un niño, sino que detrás de él y gracias a él nació y perdura toda una civilización que es a la que por suerte pertenecemos y que ha conseguido la prosperidad de la que gozamos. Y si alguien piensa lo contrario, que se vaya a Afganistan a ver cómo les van las cosas. 

Somos más cristianos de lo que creen los que no creen, porque la solidaridad, el voluntariado, las «maratones» e incluso las oenegés son fruto de la cultura cristiana, resumida toda ella en un mensaje: nos hemos de entender, nos hemos de ayudar y de querer, aceptar al otro. Es la «fraternité» que la Revolución Francesa entendió y defendió a la perfección. El antídoto al egoísmo, a pensar que todo el monte es orégano y al «campi qui pugui», actitudes fracasantes. Lo canta el himno de La Marsellesa, cuando habla del mugir de los feroces soldados que se escuchan a lo lejos amenazando a nuestros hijos y parejas.
Conozco a una persona que se me ha enfadado este año cuando le he pedido que no  me haga regalo alguno, porque ninguno superará el mejor de los que me puede dar, que es su afecto. «Eres un egoísta, porque no piensas que me hace ilusión comprar regalos», me ha dicho como queja y acusación, y me ha horrorizado, pues he pensado que yo  era la excusa para satisfacer su ansia consumista. Como ya dije hace tiempo, mi amigo Jon de Eguía –bilbaíno de pura cepa- me soltó una fría tarde que «las catedrales de hoy en día son los centros comerciales». Tremenda metáfora la de esta sentencia que da escalofríos. 

Si a alguien no le gusta la Navidad y lo que significa me parece muy bien, pero que no la celebre y menos colmando de regalos a sus allegados como expresión de no se sabe muy bien qué. Si es un subterfugio para eludir la Navidad, es un engaño, y aunque el ser humano es de una rara especie llena de contradicciones, no parece muy correcto fomentar o buscar excusas de difícil comprensión a algo que es meridiano: el consumismo impera en muchas mentes como una forma de alivio al vacío de su espíritu. Si son expresiones de amor, están en el espíritu navideño aunque no lo piensen; pero mejor que esas expresiones sean a diario todo el año y en los detalles, porque tenemos docenas de días y maneras para celebrarlas. De algunas expresiones de amor a destiempo o que no simpatizan con la realidad, mejor no caer en lo que todos sabemos y es que suelen tratar de tapar una culpa. 

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