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El estanque dorado

Ahora los adivinos se amparan en las encuestas, que son más de fiar que los astros

Manuel Alcántara

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L a parálisis de la vida española no le impide sufrir calambres y nunca hay motivo para aburrirse. Estamos como estábamos. Los barones temen que Sánchez acepte el voto nacionalista y los nacionalistas temen que haya tantos pseudo españoles capaces de aceptarlo todo. La charca, aparentemente quieta, agita por dentro sus aguas verdes. Quizá las ranas, cuyas manías ignoramos, sean un poco supersticiosas. Ayer no más fue martes y trece. Cuando un periodista, obligatoriamente impertinente, le preguntó a Bernard Shaw si creía que esa cifra atraía necesariamente la mala suerte, él le contestó con otra pregunta: ¿por qué los martes y trece van a ser una excepción?

La mala suerte también se construye, pero ahora los adivinos se amparan en las encuestas, que son mucho más de fiar que los astros. Calculan los aurífices aritméticos que si ahora hubiese nuevas elecciones, después de tantas idas y venidas, el beneficiario único sería el PP. Cualquiera sabe, ya que eso hasta después no lo sabremos todos. Lo que sí está claro es que la participación descendería mucho. La gente está harta de dos cosas: de que le pregunten y de contestar. Como aquel púdico locutor de otras épocas que describía la indumentaria de cierta tribu. El buen hombre dijo que para ocultar una parte que el pudor el impedía nombrar, los nativos usaban «una especie de tapacojones de cuero».

Seguimos usando la metáfora como tabú. En algunas líricas orientales no aparece la palabra ‘muerte’. Para sugerir la ausencia de alguien que se ausentó demasiado pronto basta con preguntar: ¿dónde habrá ido a cazar el pequeño cazador de libélulas? Nosotros somos demasiados explícitos, Agustín de Foxá decía, bajo los palmerales de Elche, que si la muerte tuviera nacionalidad sería española. Y, con muchísimo respeto, le hable de los egipcios y así se nos fue la tarde.

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